original en tiwanakuarcheonet
por alvaro higueras (c)

The Urban Revolution, V. Gordon Childe.

Town Planning Review, vol. 21, 1950, pp. 3-17.
© Town Planning Review.

El texto original en inglés sigue a la traducción

NOTA para la lectura de Childe

Este texto es de 1950. Por lo tanto encontrará aseveraciones que le serán extrañas, como el hecho que para entonces no se hubiera excavado ningún centro urbano Maya. En efecto, los grandes estudios de Baton Ramie, Tikal y Chichen Itzá y Copán se haría a partir de los años 60.

EL CONCEPTO de la “ciudad” es especialmente difícil de definir. El objetivo del actual ensayo es presentar la ciudad históricamente — o mejor dicho prehistóricamente — como el resultado y el símbolo de una ” revolución ” que inició una nueva etapa económica en la evolución de la sociedad. La palabra revolución no se debe por supuesto tomar como denotar una catástrofe violenta repentina; aquí se utiliza para denotar la culminación de un cambio progresivo en la estructura económica y la organización social de las comunidades que causaron, o fue acompañada por, un aumento dramático en la población afectada — un aumento que aparecería como una fuerte curva en un gráfico de la población para algún caso en que hubieran datos disponibles. Una curva tal es observable a la hora de la revolución industrial en Inglaterra. Aunque son no demostrables estadísticamente, cambios comparables en la tendencia de la curva deben haber ocurrido en dos puntos anteriores en la historia demográfica de Gran Bretaña y de otras regiones. Aunque quizás menos agudos y menos durables, éstos deben indicar también cambios igualmente revolucionarios en economía. Pueden entonces ser observados además como transiciones entre etapas en el desarrollo económico y social.

Los sociólogos y etnógrafos del siglo pasado clasificaron a las sociedades pre-industriales existentes en una jerarquía de tres etapas evolutivas, respectivamente “Salvajismo”, “Barbarie ” y “Civilización.” Definidos por criterios convenientemente seleccionados, la jerarquía lógica de etapas se puede transformar en una secuencia temporal de edades, demostrada arqueológicamente en la misma secuencia donde quiera que ocurran. Salvajismo y Barbarie son reconocidos convenientemente y definidos apropiadamente por los métodos adoptados para procurarse alimentos. Los salvajes viven exclusivamente de alimento silvestre obtenido por recolección, caza o pesca. Los bárbaros, por el contrario, complementan estos recursos silvestres cultivando las plantas comestibles y — en el Viejo Mundo al norte del trópico — también criando los animales para alimentarse.

A través del período Pleistoceno — la edad paleolítica de los arqueólogos — todas las sociedades humanas conocidas eran salvajes en el sentido precedente, y algunas tribus salvajes han sobrevivido en regiones apartadas hasta hoy. La barbarie en el registro arqueológico comenzó hace menos de diez mil años con la edad neolítica de arqueólogos. Representa así una etapa más tardía, así como más compleja, que el salvajismo. La etapa de civilización no se puede definir en términos tan simples. Etimológicamente la palabra está conectado con la “ciudad”, y de hecho la vida en ciudades comienza en esta etapa. Pero la “ciudad ” es en sí mismo ambiguo y los arqueólogos prefieren utilizar la “escritura ” como criterio de la civilización; debe ser fácilmente reconocible y demuestra ser un índice confiable a características más profundos. Notan, sin embargo, que decir una población para a ser civilizada o que sabe leer y escribir, no implica que todos sus miembros pueden leer y escribir, ni que vivieron todos en ciudades. No hay caso registrado de una comunidad de salvajes que se civilizan, adoptando vida urbana o inventando una escritura. Donde quiera que se hayan construido ciudades, las aldeas de los agricultores analfabetos existieron previamente (excepto quizás donde una gente ya civilizada ha colonizado zonas deshabitadas). Así, la civilización, donde quiera y siempre que se presentara, sucedió a la barbarie.

Hemos visto que una revolución como la definimos aquí se debe reflejar en la estadística de la población. En el caso de la Revolución Urbana el aumento fue considerado principalmente por la multiplicación de los números de las personas que vivían juntos, es decir, en una sola área urbanizada. Las primeras ciudades representaron asentamientos de tamaños sin hasta precedente. Por supuesto no es sólo el tamaño que constituyó su carácter distintivo. Encontraremos que en relación a estándares modernos aparecían ridículamente pequeñas y puede ser que encontráramos aglomeraciones de población hoy a cuál tendría que la definición de ciudad no podría aplicarse. Con todo, cierto tamaño del asentamiento y la densidad de la población es una característica esencial de la civilización.

Ahora la densidad de la población es determinada por el suministro de alimentos que a su vez es limitado por los recursos naturales, las técnicas para su explotación y el medio de transporte y de preservación de alimentos disponible. Estos factores han demostrado ser variables en el curso de la historia humana, y la técnica de obtener el alimento se ha utilizado ya para distinguir las etapas consecutivas llamadas salvajismo y barbarie. Bajo la economía de recolección del salvajismo la población era siempre demasiado escasa. En América aborigen la capacidad de carga [carrying capacity] de la tierra normal no mejorada parece haber sido entre .05 al .10 por milla cuadrada. Solamente bajo condiciones excepcionalmente favorables, las tribus pesqueras de la costa Noroeste sobre el Pacífico logran densidades de más de un ser humano por milla cuadrada. Por lo que podemos conjeturar del restos desaparecidos, las densidades demográficas en Europa paleolítica y preneolítica eran menos que el americano normal. Por otra parte tales cazadores y colectores viven generalmente en pequeñas bandas trashumantes. En el mejor de los casos varias bandas pueden venir juntas por períodos sumamente breves en ocasiones ceremoniales tales como los “corroborrees” australianos. Solamente en regiones excepcionalmente favorecidas pueden las tribus pescadoras establecen asentamientos como aldeas. Algunos asentamientos en las costas del Pacífico abarcaron mas o menos treinta casas substanciales y durables, albergando a grupos de varios cientos personas. Pero incluso estas aldeas fueron ocupadas solamente durante el invierno; para el resto del año sus habitantes se dispersaron en grupos más pequeños. No se ha encontrado nada comparable en épocas pre-neolíticas en el Viejo Mundo.

La Revolución Neolítica permitió ciertamente el crecimiento de la población y aumentó enormemente la capacidad de carga de la tierra adecuada al cultivo. En las islas del Pacífico las sociedades neolíticas tienen hoy una densidad de 30 o más personas por milla cuadrada. En Norteamérica precolombina, sin embargo, donde la tierra no es restringida obviamente por mares circundantes, la densidad máxima registrada es poco menos que de 2 por milla cuadrada.

Los agricultores del Neolítico podrían vivir por supuesto, y ciertamente lo hicieron, juntos en aldeas permanentes, aunque, debido a la economía rural extravagante practicada las aldeas tuvieron que ser cambiadas de lugar por lo menos cada veinte años, a menos que las campos fueran irrigados. Pero en conjunto el crecimiento de la población no fue reflejado tanto en la ampliación de cada asentamiento como en una multiplicación de asentamientos. En etnografía las aldeas neolíticas pueden jactarse solamente a algunos cientos habitantes (un par de “pueblos” en Nuevo México albergan a unos mil habitantes, pero quizás no pueden ser considerados como del neolítico). En Europa prehistórica la aldea neolítica más grande, hasta ahora, es Barkaer en Jutlandia, abarcaba 52 viviendas pequeñas de un ambiente, pero de 16 a 30 casas eran una figura más normal; el grupo habitacional promedio en época neolítica será de 200 a 400 miembros.

Estas figuras bajas son por supuesto el resultado de limitaciones técnicas. En ausencia de vehículos y de caminos para el transporte de la abultada cosecha, las poblaciones tuvieron que vivir a corta y fácil distancia de los cultivos. Al mismo tiempo la economía rural normal de la edad neolítica, qué ahora se llama roza y quema, condena a mucho más de mitad de la tierra de cultivo a quedar en barbecho de modo que se requirió áreas muy extensas. Tan pronto como la población de un asentamiento superara el número que se podrían sustentar de la tierra disponible, la población en excedente tuvo que moverse y encontrar un nuevo asentamiento.

La Revolución Neolítica tuvo otras consecuencias junto al aumento de la población, y su explotación [de la población] pudo al final ayudar al aumento del excedente. La nueva economía permitía, y de hecho requería, al agricultor producir cada año más alimento que necesario y guardarlo para mantenerse a él y su familia viva. En otras palabras hizo posible la producción regular de un excedente social. Debido al bajo rendimiento de la técnica neolítica, el excedente producido era insignificante al principio, pero podría ser aumentado hasta que exigió una reorganización de la sociedad.

Ahora en cualquier sociedad de la Edad de Piedra, Paleolítico o Neolítico, salvaje o bárbaro, todos pueden por lo menos en teoría fabricar las pocas herramientas imprescindibles, los paños modestos y los ornamentos simples cada uno requiere. Pero cada miembro de la comunidad local, no descalificado por edad, debe contribuir activamente y personalmente al suministro de alimentos comunal cazando, pescando, cultivando un huerto o pastoreando. Mientras éste sistema perdura, no puede haber especialistas a tiempo completo, ninguna persona ni clase de personas que dependan para su sustento del alimento producido por otros y obtenido en el intercambio de mercancías materiales o inmateriales o servicios.

Encontramos de hecho hoy en día entre los bárbaros de la Edad de Piedra e incluso salvajes artesanos expertos (por ejemplo picadores de pedernal entre los Ona de Tierra del Fuego), hombres que claman ser expertos en magia, e incluso jefes. En Europa Paleolítico también hay cierta evidencia de magos e indicaciones de jefaturas en épocas pre-neolíticas. Pero observando con cuidado descubrimos que estos expertos no son hoy especialistas a tiempo completo. El pica piedra del Ona debe pasar la mayoría de tiempo cazando; él sólo agrega a su dieta y a su prestigio haciendo puntas de flecha para clientes que lo recompensan con dádivas. Igualmente, un jefe de precolombino, aunque con derecho a los regalos acostumbrados y a los servicios de sus seguidores, debe sin embargo conducir personalmente expediciones de caza y de pesca y podía mantener su autoridad solamente por su industria y valor en estos eventos. Ocurre lo mismo en sociedades bárbaras que todavía están en la etapa neolítica, como la Polinesia donde la industria en cultivar un huerto toma el lugar del valor en la caza. La razón es que no habrá simplemente suficiente alimento para subsistir a menos que cada miembro del grupo contribuya a la producción. El excedente social no es bastante grande alimentar bocas ociosas.

La división social del trabajo, excepto esos rudimentos impuestos por edad y el sexo, es así imposible. Por le contrario, en la comunidad de empleo, la absorción común en la obtención del alimento por los dispositivos similares garantiza cierta solidaridad al grupo. Pues la cooperación es esencial para asegurar el alimento y abrigo y para la defensa contra enemigos, humano y no humanos. Esta identidad de intereses y de necesidades económicas es repetida y magnificada por la identidad de la lengua, de costumbres y de creencias; una rígida conformidad se hace cumplir con tanta eficacia como el empeño en la búsqueda común de alimento. Pero conformidad y cooperación industriosa no necesitan de la organización del estado para mantenerlos. El grupo local consiste generalmente en un solo clan (las personas que creen descender de un antepasado común y que han obtenido un reclamo místico a tal descendencia por adopción ceremonial) o un grupo de clanes relacionados por matrimonio común entre ellos. Y el sentimiento del parentesco es reforzado o suplido por ritos comunes concentrados en cierto altar ancestral o lugar sagrado. La arqueología no puede proporcionar ninguna evidencia para la organización del parentesco, pero los altares ocuparon el lugar central en aldeas de Mesopotamia antes de la escritura, y el túmulo alargado, una tumba colectiva que domina el sitio presumido de la mayoría de las aldeas neolíticas en Gran Bretaña, puede haber sido también el altar ancestral en el cual convergieron las emociones y las actividades ceremonial de los aldeanos del pueblo. Sin embargo, la solidaridad así idealizada y simbolizada concretamente, realmente se basa en los mismos principios que el de una jauría de lobos o de una manada de ovejas; Durkheim la ha llamó “mecánica.”

Ahora entre algunos bárbaros avanzados (por ejemplo los tatuadores o talladores de madera entre los maorí) todavía con tecnología neolítica encontramos artesanos expertos con tendencia hacia el estatus de profesionales a tiempo completo, pero solamente al costo de apartarse de la comunidad local. Si ninguna aldea puede producir excedente bastante grande para alimentar a un especialista a tiempo completo todo el año, cada uno debe producir suficiente para mantenerlo una semana o más. Viajando de aldea a aldea un experto pudo haber vivido enteramente de sus trabajos. Tales artesanos itinerantes perderían su calidad de miembros del grupo de parentesco sedentario. Podrían acabar formando una organización análoga propia — un clan de artesanos, que, si se mantiene hereditario, puede convertirse en una casta, o, si recluta sus miembros principalmente por adopción (el aprendizaje en la antigüedad y de la Edad Media era apenas adopción temporal), puede convertirse en un gremio. Pero tales especialistas, por la emancipación de los lazos de parentesco, también han perdido la protección de la organización del parentesco que solamente durante la Barbarie, garantizaba a sus miembros seguridad de persona y de propiedad. La sociedad debe reorganizarse para acomodarles y para protegerles.

En prehistoria la especialización del trabajo comenzó probablemente con los expertos ambulantes similares. La prueba arqueológica es difícil de esperar, pero en etnografía los metalurgos son especialistas casi siempre a tiempo completo. Y en Europa al principio de la Edad de Bronce el metal parece haber sido trabajado y abastecido por herreros ambulantes que se parecen haber funcionado como latoneros chapuceros y otros ambulantes de épocas mucho más recientes. Aunque no hay tal evidencia positiva, igual sucedió probablemente en Asia al principio de la metalurgia. Debe por supuesto haber habido además otros artesanos especialistas que, como el ejemplo de Polinesia advierte, los arqueólogos no podrían reconocer porque trabajaron en materiales perecederos. Un resultado de la Revolución Urbana será rescatar a tales especialistas del nomadismo y garantizarles seguridad en una nueva organización social.

Hace aproximadamente 5.000 años el cultivo por irrigación (combinada con ganadería y pesca) en los valles del Nilo, del Tigris Euphrates y el Indus había comenzado a rendir un excedente social, bastante grande para apoyar a un número de especialistas residentes que fueron exentos de la producción de alimentos. Transporte por ríos, suplido en Mesopotamia y el valle del Indus por los vehículos con ruedas e aun en Egipto por los animales de carga, hizo fácil de recolectar alimentos en algunos centros. Al mismo tiempo la dependencia del agua de río para la irrigación de los cultivos restringió las áreas cultivables mientras que la necesidad de canalizar las aguas y de proteger viviendas contra las inundaciones anuales impulsó la agregación de la población. Así surgieron las primeras ciudades — unidades del asentamiento diez veces más grandes que cualquier aldea neolítica conocida. Puede ser propuesto que todas las ciudades en el Viejo Mundo son vástagos de las de Egipto, de Mesopotamia y de la cuenca del Indus. Este último no necesita ser considerado si se usa una definición mínima de civilización debe ser deducida de una comparación de sus manifestaciones independientes.

Pero unos tres milenios más tarde surgieron las ciudades en América Central, y es imposible probar que los Maya debieron cualquiera de sus avances directamente a las civilizaciones urbanas del Viejo Mundo. Sus logros deben por lo tanto ser considerados en nuestra comparación, y su inclusión complica seriamente la tarea de definir las condiciones previas esenciales para la Revolución Urbana. En el Viejo Mundo la economía rural que rindió el excedente se basó en el cultivo de cereales combinados con ganadería. Pero esta economía había sido hecha más eficiente como resultado de la adopción de la irrigación (que permite el cultivo sin períodos prolongados del barbecho) y de importantes invenciones y descubrimientos — metalurgia, el arado, el barco a vela y la rueda. Los Maya no conocían ninguno de estos dispositivos; no criaron ningún animal para leche o carne; aunque cultivaron el maíz, utilizaron la misma técnica de roza y quema que los agricultores Neolíticos en Europa prehistórica o en las islas del Pacífico de hoy. Por lo tanto la definición mínima de una ciudad, el factor común más grande al Viejo y Nuevo Mundo, será reducida substancialmente y empobrecida por la inclusión de los Maya. Sin embargo, diez criterios algo abstractos, todos deducibles de los datos arqueológicos, sirven para distinguir incluso las ciudades más tempranas de cualquier aldea más antigua o contemporánea.

Respecto al tamaño las primeras ciudades deben haber sido más extensas y pobladas más densamente que cualquier asentamiento anterior, aunque considerablemente más pequeñas que muchas aldeas de hoy. Es de hecho solamente en Mesopotamia y la India que las primeras poblaciones urbanas pueden ser estimadas con alguna confianza o precisión. Allí las excavaciones han sido suficientemente extensas e intensivas para revelar el área total y la densidad de la construcción en barrios muestreados y en ambos respectos han revelado correlación con ciudades orientales menos industrializadas de hoy. La población de las ciudades sumerias, así calculada, era entre 7.000 y 20.000; Harappa y Mohenjo-Daro en el valle del Indus deben haberse aproximado a la cifra más elevada. Podemos solamente deducir que las ciudades egipcias y maya eran de magnitud comparable por la escala de trabajos públicos, ejecutada probablemente por las poblaciones urbanas.

En la composición y función la población urbana se diferenció pronto de la de cualquier aldea. La mayoría de los ciudadanos seguían siendo campesinos, cosechando las tierras y las aguas adyacente a la ciudad. Pero todas las ciudades deben haber albergado además las clases que no se procuraban su propio alimento por la agricultura, ganadería, pesca o recolección — los especialistas artesanos, los trabajadores del transporte, los comerciantes, los funcionarios y los sacerdotes, todos a tiempo completo. Todo ellos eran por supuesto mantenidos por el excedente producido por los campesinos que vivían en la ciudad y en aldeas dependientes, pero no se aseguraban su parte intercambiando directamente sus productos o servicios por granos o pescado con campesinos individuales.

Cada productor primario pagó sobre el minúsculo excedente que podía producir del suelo con sus herramientas muy limitadas como diezmo o impuesto a un deidad imaginaria o a un rey divino que acumulaba así el excedente. Sin esta acumulación, debido a la baja productividad de la economía rural, no habría capital eficaz disponible.

Edificios públicos verdaderamente monumentales no sólo distinguían cada ciudad de cualquier aldea sino que también simbolizaban la concentración del excedente social. Cada ciudad sumeria era desde el principio dominada por uno o más templos majestuosos, situado en un lugar central se ubicó una plataforma del ladrillo levantada más alta que las viviendas circundantes y conectada generalmente con una montaña artificial, la torre o el ziggurat. Pero unidos a los templos, estaban los talleres y los almacenes, y un dependencia importante de cada templo principal era un gran granero. Harappa, en la cuenca del Indus, fue dominado por un ciudadela artificial, ceñido con un terraplén masivo de ladrillos cocidos en horno, conteniendo probablemente un palacio y dominando un enorme granero y los cuarteles de artesanos. No se ha excavado ningún templo ni palacio temprano en Egipto, pero el valle del Nilo estuvo dominado por las tumbas gigantescas de los faraones divinos mientras que los registros administrativos mencionan la existencia de graneros reales. Finalmente las ciudades Maya se conocen casi exclusivamente de los templos y de las pirámides de piedra esculpida que las dominaron.

Por lo tanto en Sumer el excedente social era de hecho concentrado primero en manos de un dios y almacenado en su granero. Esto era probablemente igual en América Central mientras que en Egipto el faraón (rey) era sí mismo un dios. Pero por supuesto las deidades imaginarios fueron servidos por los sacerdotes quienes, además de ritos elaborados y a menudo sanguinarios de la celebración en su honor, administraron las propiedades terrenales de sus amos divinos. En Sumer de hecho el dios muy pronto, si no incluso antes de la revolución, compartió su abundancia y energía con un virrey mortal, el “Rey de la Ciudad” quién actuaba como gobernante civil y líder en la guerra. El faraón divino fue asistido naturalmente por una amplia jerarquía de funcionarios.

Todos aquellos no implicados en la producción de alimentos fueron por supuesto mantenidos en primera instancia por el excedente acumulado en el templo o graneros reales y eran así dependientes del templo o corte. Pero naturalmente los sacerdotes, los líderes civiles y militares y los funcionarios absorbieron una parte importante del excedente acumulado y formaron así una ” clase gobernante”. Al contrario de un mago del Paleolítico o de un jefe del Neolítico, estaban, tal como lo dijo un escriba egipcio, “exento de toda tarea manual.” Por otra parte, las clases más bajas eran no solamente garantizadas paz y seguridad, pero fueron relevadas de tareas intelectuales que muchos hallaban más molesto que cualquier trabajo físico. Además de tranquilizar las masas asegurando que el sol iba a amanecer el día siguiente y el río inundaría otra vez el año próximo (la gente que no tiene cinco mil años de experiencia de observar fenómenos naturales realmente se preocupa de tales asuntos!), las clases gobernantes confirieron beneficios substanciales a sus sujetos en temas de planeamiento y de organización.

[Estas sociedades] estaban forzadas a inventar sistemas de registro y ciencias exactas, pero eminentemente prácticas. La mera administración de los extensos tributos de un templo sumerio o de un faraón egipcio por una vitalicia corporación de sacerdotes o de funcionarios obligó a sus miembros a idear los métodos convencionales de registro que debían ser inteligibles a todos sus colegas y sucesores, es decir, inventar sistemas de la escritura y de numeración. La escritura es así una significativa, así como una conveniente, marca de la civilización. Pero mientras que la escritura es un rasgo común a Egipto, a Mesopotamia, al valle del Indus y a América Central, los caracteres mismos eran diferentes en cada región así como lo eran los materiales normales de la escritura — papiro en Egipto, arcilla en Mesopotamia. Los sellos o estelas grabados que proporcionan la única amplia evidencia para la escritura temprana del Indus y Maya, representan más que los vehículos normales para la escritura que los documentos comparables de Egipto y de Sumer.

La invención de la escritura — o más bien las invenciones de escrituras — proveyó el tiempo libre a funcionarios para proceder a la elaboración de las ciencias exactas y proféticas — aritmética, geometría y astronomía. Obviamente beneficioso y atestiguado explícitamente por los documentos egipcios y Maya era la determinación correcta del año tropical y de la creación de un calendario. Estos permitieron a los gobernantes regular con éxito el ciclo de operaciones agrícolas. Pero una vez más los calendarios egipcio, Maya y babilónicos eran tan diferentes como algunos sistemas basados en una sola unidad natural podrían ser. Las ciencias del calendario y matemáticas son características comunes de las civilizaciones más tempranas y son también el corolario del criterio de los arqueólogos, la escritura.

Otros especialistas, apoyados por el excedente social acumulado, dieron una nueva dirección a la expresión artística. Los salvajes incluso en época Paleolítica habían intentado, a veces con éxito asombroso, representar animales e incluso a hombres como los vieron — concreta y naturalmente. Los agricultores neolíticos nunca hicieron eso; intentaron apenas siempre representar objetos naturales, pero prefirieron simbolizarlos por los patrones geométricos abstractos que en la mayoría pueden sugerir por algunos rasgos un hombre o una bestia o una planta fantastica. Pero los artistas-artesanos egipcios, sumerios, del Indus y Maya — los escultores, los pintores, o grabadores de sellos a tiempo completo — comenzaron una vez más a tallar, a modelar o a dibujar semejanzas de personas o de cosas, pero no más con el naturalismo primitivo del cazador, pero con estilos conceptuados y sofisticados diferentes en cada uno de los cuatro centros urbanos.

Otra parte del excedente social concentrado fue utilizada para pagar la importación de materias primas, necesitadas por la industria o el culto y no disponible localmente. Rutas de intercambio “foráneo” regulares sobre distancias muy largas eran una característica de todas las civilizaciones tempranas y, aunque común entre bárbaros más tarde, no se atestiguan ciertamente en el Viejo Mundo antes de 3.000 a.C. ni en el Nuevo Mundo antes del “imperio” Maya. Las rutas de comercio regulares se extendieron desde Egipto por lo menos hasta Biblos en la costa siria mientras que Mesopotamia fue conectada por comercio con el valle del Indus. Mientras que los objetos del comercio internacional eran al principio objetos de “lujo”, incluyeron ya materias primas industriales, en el Viejo Mundo metal mientras que el Nuevo Mundo era obsidiana. A este grado las primeras ciudades eran dependientes para sus materias primas en el comercio a larga distancia, como la aldea neolítica nuca lo fue.

Así en la ciudad, los artesanos especialistas eran provistos de las materias primas necesarias para el empleo de sus habilidades y también garantizaron seguridad en una organización del estado basada ahora en residencia más que en parentesco. Ser itinerante no era más obligatorio. La ciudad era una comunidad a la cual un artesano podría pertenecer política así como económicamente.

Sin embargo, para reciprocar la seguridad llegaron a ser dependientes en el templo o la corte y fueron relegados a las clases más bajas. Las masas campesinas ganaron incluso menos ventajas materiales; en Egipto, por ejemplo, el metal no substituyó la vieja piedra y las herramientas de madera para el trabajo agrícola. Pero, quizás imperfectamente, incluso las comunidades urbanas más tempranas deben haberse ligadas por una clase de solidaridad que no existía en cualquier aldea neolítica. Los campesinos, los artesanos, los sacerdotes y los gobernantes forman a una comunidad, no solamente por causa de la identidad de la lengua y de la creencia, pero también porque cada uno realiza funciones mutuamente complementarias, necesarias para el bienestar (según lo redefinido bajo civilización) del conjunto. De hecho las ciudades más tempranas ilustran una primera aproximación a una solidaridad orgánica basada sobre una complementariedad funcional y la interdependencia entre todos sus miembros como ocurre entre las células constitutivas de un organismo. Por supuesto esto es solamente una aproximación muy distante. No obstante la necesaria acumulación del excedente dependía realmente de las fuerzas de la producción existentes, aparecía un conflicto incipiente de los intereses económicos entre la pequeña clase gobernante, que anexó la mayoría del excedente social, y la mayoría extensa que fue dejada con lo mínimo necesario para subsistir y fue excluida de las ventajas espirituales de la civilización. Así la solidaridad tenía todavía que ser mantenida por los dispositivos ideológicos apropiados a la solidaridad mecánica de la Barbarie según lo expresado en la preminencia del templo o del altar sepulcral, y ahora suplida por la fuerza de la nueva organización del estado. No había lugar para escépticos o sectarios en las ciudades tempranas.

Estos diez rasgos agotan los factores comunes a las ciudades tempranas que la arqueología puede detectar, ayudada en el mejor de los casos por fuentes escritas fragmentarias y a menudo ambiguas. Ningun elemento específico de planeamiento urbano, por ejemplo, puede ser probado como característica de estas ciudades; porque por un lado las ciudades egipcias y Maya todavía no se han excavado; por otro lado, las otras aldeas neolíticas fueron a menudo amuralladas, un sistema elaborado de alcantarillas drenó la aldea de Orcadian de Skara Brae; casas de dos pisos fueron construidos en pueblos de precolombinos, etc.

Los factores comunes son bastante abstractos. Concretamente, las civilizaciones egipcia, sumeria, del Indus y Maya eran tan diferentes como los planes de sus templos, los caracteres de sus escrituras y de sus convenciones artísticas. En vista de esta divergencia y porque no hay hasta ahora evidencia para una prioridad temporal de un centro del Viejo Mundo (por ejemplo, Egipto) sobre el resto ni para contactos entre América Central y ningún otro centro urbano, las cuatro revoluciones apenas consideradas pueden considerarse como mutuamente independientes. Por el contrario, todas las civilizaciones más tardías en el Viejo Mundo se pueden ver como descendientes lineales de las de Egipto, de Mesopotamia o del Indus.

Pero éste no era un caso reproducir organizaciones similares. Las civilizaciones marítimas de la Edad de Bronce de Creta o Grecia clásica por ejemplo, por no decir nada de la nuestra, se diferencian más de sus supuestos antepasados que entre ellas mismas. Pero las revoluciones urbanas que les dieron nacimiento no empezaron de la nada. Podrían haber tomado y seguramente lo hicieron de los avances y progresos acumulados en los tres centros primarios. Eso es la más obvio del caso del bagaje cultural. Hoy seguimos usando el calendario de los egipcios y las divisiones del día y la hora sumerias. Nuestros antepasados europeos no tuvieron que inventar ellos mismos estas divisiones del tiempo ni repetir las observaciones en las cuales se basan; simplemente los tomaron — y mejoraron sólo un poco los sistemas elaborados hace 5.000 años! Pero lo mismo puede ser cierto también del bagaje material. Los egipcios, los sumerios y la gente de Indus habían acumulado reservas extensas de excedentes de alimento. Al mismo tiempo tuvieron que importar las materias primas necesarias del extranjero, como metales y madera de construcción así como objetos suntuarios o de “lujo”. Las comunidades que controlaban estos recursos naturales podían reclamar una tajada del excedente urbano. Podían utilizarlo como el capital para apoyar a especialistas a tiempo completo – artesanos o gobernantes — hasta que los logros de estos últimos en tecnología y organización hubiera enriquecido tanto las economías bárbaras les permitiría a su vez producir también un excedente substancial.

THE CONCEPT of “city” is notoriously hard to define. The aim of the present essay is to present the city historically — or rather prehistorically — as the resultant and symbol of a “revolution” that initiated a new economic stage in the evolution of society. The word revolution must not of course be taken as denoting a sudden violent catastrophe; it is here used for the culmination of a progressive change in the economic structure and social organisation of communities that caused, or was accompanied by, a dramatic increase in the population affected — an increase that would appear as an obvious bend in the population graph were vital statistics available. Just such a bend is observable at the time of the Industrial Revolution in England. Though not demonstrable statistically, comparable changes of direction must have occurred at two earlier points in the demographic history of Britain and other regions. Though perhaps less sharp and less durable, these too should indicate equally revolutionary changes in economy. They may then be regarded likewise as marking transitions between stages in economic and social development.

Sociologists and ethnographers last century classified existing pre-industrial societies in a hierarchy of three evolutionary stages, denominated respectively “savagery,” “barbarism” and “civilisation.” If they be defined by suitably selected criteria, the logical hierarchy of stages can be transformed into a temporal sequence of ages, proved archaeologically to follow one another in the same order wherever they occur. Savagery and barbarism are conveniently recognized and appropriately defined by the methods adopted for procuring food. Savages live exclusively on wild food obtained by collecting, hunting or fishing. Barbarians on the contrary at least supplement these natural resources by cultivating edible plants and — in the Old World north of the Tropics — also by breeding animals for food.

Throughout the Pleistocene Period — the Palaeolithic Age of archaeologists — all known human societies were savage in the foregoing sense, and a few savage tribes have survived in out of the way parts to the present day. In the archaeological record barbarism began less than ten thousand years ago with the Neolithic Age of archaeologists. It thus represents a later, as well as a higher stage, than savagery. Civilization cannot be defined in quite such simple terms. Etymologically the word is connected with “city,” and sure enough life in cities begins with this stage. But “city” is itself ambiguous so archaeologists like to use “writing” as a criterion of civilization; it should be easily recognizable and proves to be a reliable index to more profound characters. Note, however, that, because a people is said to be civilized or literate, it does not follow that all its members can read and write, nor that they all lived in
cities. Now there is no recorded instance of a community of savages civilizing themselves, adopting urban life or inventing a script. Wherever cities have been built, villages of preliterate farmers existed previously (save perhaps where an already civilized people have colonized uninhabited tracts). So civilization, wherever and whenever it arose, succeeded barbarism.

We have seen that a revolution as here defined should be reflected in the population statistics. In the case of the Urban Revolution the increase was mainly accounted for by the multiplication of the numbers of persons living together, i.e., in a single built-up area. The first cities represented settlement units of hitherto unprecedented size. Of course it was not just their size that constituted their distinctive character. We shall find that by modern standards they appeared ridiculously small and we might meet agglomerations of population today to which the name city would have to be refused. Yet a certain size of settlement and density of population, is an essential feature of civilization.

Now the density of population is determined by the food supply which in turn is limited by natural resources, the techniques for their exploitation and the means of transport and food-preservation available. The last factors have proved to be variables in the course of human history, and the technique of obtaining food has already been used to distinguish the consecutive stages termed savagery and barbarism. Under the gathering economy of savagery population was always exceedingly sparse. In aboriginal America the carrying capacity of normal unimproved land seems to have been from .05 to .10 per square mile. Only under exceptionally favourable conditions did the fishing tribes of the Northwest Pacific coast attain densities of over one human to the square mile. As far as we can guess from the extant remains, population densities in Paleolithic and preneolithic Europe were less than the normal American. Moreover such hunters and collectors usually live in small roving bands. At best several bands may come together for quite brief periods on ceremonial occasions such as the Australian corroborrees. Only in exceptionally favoured regions can fishing tribes establish anything like villages. Some settlements on the Pacific coasts comprised thirty or so substantial and durable houses, accommodating groups of several hundred persons. But even these villages were only occupied during the winter; for the rest of the year their inhabitants dispersed in smaller groups. Nothing comparable has been found in pre-neolithic times in the Old World.

The Neolithic Revolution certainly allowed an expansion of population and enormously increased the carrying capacity of suitable land. On the Pacific Islands neolithic societies today attain a density of 30 or more persons to the square mile. In pre-Columbian North America, however, where the land is not obviously restricted by surrounding seas, the maximum density recorded is just under 2 to the square mile.

Neolithic farmers could of course, and certainly did, live together in permanent villages, though, owing to the extravagant rural economy generally practised, unless the crops were watered by irrigation, the villages had to be shifted at least every twenty years. But on the whole the growth of population was not reflected so much in the enlargement of the settlement unit as in a multiplication of settlements. In ethnography neolithic villages can boast only a few hundred inhabitants (a couple of “pueblos” in New Mexico house over a thousand, but perhaps they cannot be regarded as neolithic). In prehistoric Europe the largest neolithic village yet known, Barkaer in Jutland, comprised 52 small, one roomed dwellings, but 16 to 30 houses was a more normal figure; so the average local group in neolithic times would average 200 to 400 members.

These low figures are of course the result of technical limitations. In the absence of wheeled vehicles and roads for the transport of bulky crops men had to live within easy walking distance of their cultivations. At the same time the normal rural economy of the Neolithic Age, what is now termed slash-and burnt or humming, condemns much more than half the arable land to lie fallow so that large areas were required. As soon as the population of a settlement rose above the numbers that could be supported from the accessible land, the excess had to hive off and found a new settlement.

The Neolithic Revolution had other consequences beside increasing the population, and their exploitation might in the end help to provide for the surplus increase. The new economy allowed, and indeed required, the farmer to produce every year more food than was needed to keep him and his family alive. In other words it made possible the regular production of a social surplus. Owing to the low efficiency of neolithic technique, the surplus produced was insignificant at first, but it could be increased till it demanded a reorganization of society.

Now in any Stone Age society, Palaeolithic or Neolithic, savage or barbarian, everybody can at least in theory make at home the few indispensable tools, the modest cloths and the simple ornaments everyone requires. But every member of the local community, not disqualified by age, must contribute actively to the communal food supply by personally collecting, hunting, fishing, gardening or herding. As long as this holds good, there can be no full-time specialists, no persons nor class of persons who depend for their livelihood on food produced by others and secured in exchange for material or immaterial goods or services.

We find indeed to day among Stone Age barbarians and even savages expert craftsmen (for instance flint-knappers among the Ona of Tierra del Fuego), men who claim to be experts in magic, and even chiefs. In Palaeolithic Europe too there is some evidence for magicians and indications of chieftainship in pre-neolithic times. But on closer observation we discover that today these experts are not full-time specialists. The Ona flintworker must spend most of his time hunting; he only adds to his diet and his prestige by making arrowheads for clients who reward him with presents. Similarly a pre-Columbian chief, though entitled to customary gifts and services from his followers, must still personally lead hunting and fishing expeditions and indeed could only maintain his authority by his industry and prowess in these pursuits. The same holds good of barbarian societies that are still in the neolithic stage, like the Polynesians where industry in gardening takes the place of prowess in hunting. The reason is that there simply will not be enough food to go round unless every member of the group contributes to the supply. The social surplus is not big enough to feed idle mouths.

Social division of labour, save those rudiments imposed by age and sex, is thus impossible. On the contrary community of employment, the common absorption in obtaining food by similar devices guarantees a certain solidarity to the group. For co-operation is essential to secure food and shelter and for defence against foes, human and subhuman. This identity of economic interests and pursuits is echoed and magnified by identity of language, custom and belief; rigid conformity is enforced as effectively as industry in the common quest for food. But conformity and industrious co-operation need no State organization to maintain them. The local group usually consists either of a single clan (persons who believe themselves descended from a common ancestor or who have earned a mystical claim to such descent by ceremonial adoption) or a group of clans related by habitual intermarriage. And the sentiment of kinship is reinforced or supplemented by common rites focused on some ancestral altar or sacred place. Archaeology can provide no evidence for kinship organization, but altars occupied the central place in preliterate villages in Mesopotamia, and the long barrow, a collective tomb that overlooks the presumed site of most neolithic villages in Britain, may well have been also the ancestral altar on which converged the emotions and ceremonial activities of the villagers below. However, the solidarity thus idealized and concretely symbolized, is really based on the same principles as that of a pack of wolves or a herd of sheep; Durkheim has called it “mechanical.”

Now among some advanced barbarians (for instance tattooers or wood-carvers among the Maori) still technologically neolithic we find expert craftsmen tending towards the status of full-time professionals, but only at the cost of breaking away from the local community. If no single village can produce a surplus large enough to feed a full-time specialist all the year round, each should produce enough to keep him a week or so. By going round from village to village an expert might thus live entirely from his craft. Such itinerants will lose their membership of the sedentary kinship group. They may in the end form an analogous organization of their own — a craft clan, which, if it remain hereditary, may become a caste, or, if it recruit its members mainly by adoption (apprenticeship throughout Antiquity and the Middle Age was just temporary adoption), may turn into a guild. But such specialists, by emancipation from kinship ties, have also forfeited the protection of the kinship organization which alone under barbarism, guaranteed to its members security of person and property. Society must be reorganized to accommodate and protect them.

In pre-history specialization of labour presumably began with similar itinerant experts. Archaeological proof is hardly to be expected, but in ethnography metal-workers are nearly always full time specialists. And in Europe at the beginning of the Bronze Age metal seems to have been worked and purveyed by perambulating smiths who seem to have functioned like tinkers and other itinerants of much more recent times. Though there is no such positive evidence, the same probably happened in Asia at the beginning of metallurgy. There must of course have been in addition other specialist craftsmen whom, as the Polynesian example warns us, archaeologists could not recognize because they worked in perishable materials. One result of the Urban Revolution will be to rescue such specialists from nomadism and to guarantee them security in a new social organization.

About 5,000 years ago irrigation cultivation (combined with stock-breeding and fishing) in the valleys of the Nile, the Tigris Euphrates and the Indus had begun to yield a social surplus, large enough to support a number of resident specialists who were themselves released from food-production. Water transport, supplemented in Mesopotamia and the Indus valley by wheeled vehicles and even in Egypt by pack animals, made it easy to gather food stuffs at a few centres. At the same time dependence on river water for the irrigation of the crops restricted the cultivable areas while the necessity of canalizing the waters and protecting habitations against annual floods encouraged the aggregation of population. Thus arose the first cities — units of settlement ten times as great as any known neolithic village. It can be argued that all cities in the old world are offshoots of those of Egypt, Mesopotamia and the Indus basin. So the latter need not be taken into account if a minimum definition of civilization is to be inferred from a comparison of its independent manifestations.

But some three millennia later cities arose in Central America, and it is impossible to prove that the Mayas owed anything directly to the urban civilizations of the Old World. Their achievements must therefore be taken into account in our comparison, and their inclusion seriously complicates the task of defining the essential preconditions for the Urban Revolution. In the Old World the rural economy which yielded the surplus was based on the cultivation of cereals combined with stock-breeding. But this economy had been made more efficient as a result of the adoption of irrigation (allowing cultivation without prolonged fallow periods) and of important inventions and discoveries — metallurgy, the plough, the sailing boat and the wheel. None of these devices was known to the Mayas; they bred no animals for milk or meat; though they cultivated the cereal maize, they used the same sort of slash-and-burn method as neolithic farmers in prehistoric Europe or in the Pacific Islands today. Hence the minimum definition of a city, the greatest factor common to the Old World and the New will be substantially reduced and impoverished by the inclusion of the Maya. Nevertheless ten rather abstract criteria, all deducible from archaeological data, serve to distinguish even the earliest cities from any older or contemporary village.

In point of size the first cities must have been more extensive and more densely populated than any previous settlements, although considerably smaller than many villages today. It is indeed only in Mesopotamia and India that the first urban populations can be estimated with any confidence or precision. There excavation has been sufficiently extensive and intensive to reveal both the total area and the density of building in sample quarters and in both respects has disclosed significant agreement with the less-industrialized Oriental cities today. The population of Sumerian cities, thus calculated, ranged between 7,000 and 20,000; Harappa and Mohenjo-daro in the Indus valley must have approximated to the higher figure. We can only infer that Egyptian and Maya cities were of comparable magnitude from the scale of public works, presumably executed by urban populations.

In composition and function the urban population already differed from that of any village. Very likely indeed most citizens were still also peasants, harvesting the lands and waters adjacent to the city. But all cities must have accommodated in addition classes who did not themselves procure their own food by agriculture, stock-breeding, fishing or collecting — full-time specialist craftsmen, transport workers, merchants, officials and priests. All these were of course supported by the surplus produced by the peasants living in the city and in dependent villages, but they did not secure their share directly by exchanging their products or services for grains or fish with individual peasants.

Each primary producer paid over the tiny surplus he could wring from the soil with his still very limited technical equipment as tithe or tax to an imaginary deity or a divine king who thus concentrated the surplus. Without this concentration, owing to the low productivity of the rural economy, no effective capital would have been available.

Truly monumental public buildings not only distinguish each known city from any village but also symbolize the concentration of the social surplus. Every Sumerian city was from the first dominated by one or more stately temples, centrally situated on a brick platform raised above the surrounding dwellings and usually connected with an artificial mountain, the staged tower or ziggurat. But attached to the temples, were workshops and magazines, and an important appurtenance of each principal temple was a great granary. Harappa, in the Indus basin, was dominated by an artificial citadel, girt with a massive rampart of kiln-baked bricks, containing presumably a palace and immediately overlooking an enormous granary and the barracks of artisans. No early temples nor palaces have been excavated in Egypt, but the whole Nile valley was dominated by the gigantic tombs of the divine pharaohs while royal granaries are attested from the literary record. Finally the Maya cities are known almost exclusively from the temples and pyramids of sculptured stone round which they grew up.

Hence in Sumer the social surplus was first effectively concentrated in the hands of a god and stored in his granary. That was probably true in Central America while in Egypt the pharaoh (king) was himself a god. But of course the imaginary deities were served by quite real priests who, besides celebrating elaborate and often sanguinary rites in their honour, administered their divine masters’ earthly estates. In Sumer indeed the god very soon, if not even before the revolution, shared his wealth and power with a mortal viceregent, the “City-King,” who acted as civil ruler and leader in war. The divine pharaoh was naturally assisted by a whole hierarchy of officials.

All those not engaged in food-production were of course supported in the first instance by the surplus accumulated in temple or royal granaries and were thus dependent on temple or court. But naturally priests, civil and military leaders and officials absorbed a major share of the concentrated surplus and thus formed a “ruling class.” Unlike a Palaeolithic magician or a neolithic chief, they were, as an Egyptian scribe actually put it, “exempt from all manual tasks.” On the other hand, the lower classes were not only guaranteed peace and security, but were relieved from intellectual tasks which many find more irksome than any physical labour. Besides reassuring the masses that the sun was going to rise next day and the river would flood again next year (people who have not five thousand years of recorded experience of natural uniformities behind them are really worried about such matters!), the ruling classes did confer substantial benefits upon their subjects in the way of planning and organization.

They were in fact compelled to invent systems of recording and exact, but practically useful, sciences. The mere administration of the vast revenues of a Sumerian temple or an Egyptian pharaoh by a perpetual corporation of priests or officials obliged its members to devise conventional methods of recording that should be intelligible to all their colleagues and successors, that is, to invent systems of writing and numeral notation. Writing is thus a significant, as well as a convenient, mark of civilization. But while writing is a trait common to Egypt, Mesopotamia, the Indus valley and Central America, the characters themselves were different in each region and so were the normal writing materials — papyrus in Egypt, clay in Mesopotamia. The engraved seals or stelae that provide the sole extant evidence for early Indus and Maya writing, no more represent the normal vehicles for the scripts than do the comparable documents from Egypt and Sumer.

The invention of writing — or shall we say the inventions of scripts — enabled the leisured clerks to proceed to the elaboration of exact and predictive sciences — arithmetic, geometry and astronomy. Obviously beneficial and explicitly attested by the Egyptian and Maya documents was the correct determination of the tropic year and the creation of a calendar. For it enabled the rulers to regulate successfully the cycle of agricultural operations. But once more the Egyptian, Maya and Babylonian calendars were as different as any systems based on a single natural unit could be. Calendrical and mathematical sciences are common features of the earliest civilizations and they too are corollaries of the archaeologists’ criterion, writing.

Other specialists, supported by the concentrated social surplus, gave a new direction to artistic expression. Savages even in Palaeolithic times had tried, sometimes with astonishing success, to depict animals and even men as they saw them — concretely and naturalistically. Neolithic peasants never did that; they hardly ever tried to represent natural objects, but preferred to symbolize them by abstract geometrical patterns which at most may suggest by a few traits a fantastical man or beast or plant. But Egyptian, Sumerian, Indus and Maya artist-craftsmen — full-time sculptors, painters, or seal-engravers — began once more to carve, model or draw likenesses of persons or things, but no longer with the naïve naturalism of the hunter, but according to conceptualized and sophisticated styles which differ in each of the four urban centres.

A further part of the concentrated social surplus was used to pay for the importation of raw materials, needed for industry or cult and not available locally. Regular “foreign” trade over quite long distances was a feature of all early civilizations and, though common enough among barbarians later, is not certainly attested in the Old World before 3,000 B.C. nor in the New before the Maya “empire.” Thereafter regular trade extended from Egypt at least as far as Byblos on the Syrian coast while Mesopotamia was related by commerce with the Indus valley. While the objects of international trade were at first mainly ‘luxuries,” they already included industrial materials, in the Old World notably metal the place of which in the New was perhaps taken by obsidian. To this extent the first cities were dependent for vital materials on long distance trade as no neolithic village ever was.

So in the city, specialist craftsmen were both provided with raw materials needed for the employment of their skill and also guaranteed security in a State organization based now on residence rather than kinship. Itinerancy was no longer obligatory. The city was a community to which a craftsman could belong politically as well as economically.

Yet in return for security they became dependent on temple or court and were relegated to the lower classes. The peasant masses gained even less material advantages; in Egypt for instance metal did not replace the old stone and wood tools for agricultural work. Yet, however imperfectly, even the earliest urban communities must have been held together by a sort of solidarity missing from any neolithic village. Peasants, craftsmen, priests and rulers form a community, not only by reason of identity of language and belief, but also because each performs mutually complementary functions, needed for the well-being (as redefined under civilization) of the whole. In fact the earliest cities illustrate a first approximation to an organic solidarity based upon a functional complementarity and interdependence between all its members such as subsist between the constituent cells of an organism. Of course this was only a very distant approximation. However necessary the concentration of the surplus really was with the existing forces of production, there seemed a glaring conflict on economic interests between the tiny ruling class, who annexed the bulk of the social surplus, and the vast majority who were left with a bare subsistence and effectively excluded from the spiritual benefits of civilization. So solidarity had still to be maintained by the ideological devices appropriate to the mechanical solidarity of barbarism as expressed in the pre-eminence of the temple or the sepulchral altar, and now supplemented by the force of the new State organization. There could be no room for skeptics or sectaries in the oldest cities.

These ten traits exhaust the factors common to the oldest cities that archaeology, at best helped out with fragmentary and often ambiguous written sources, can detect. No specific elements of town planning for example can be proved characteristic of all such cities; for on the one hand the Egyptian and Maya cities have not yet been excavated; on the other neolithic villages were often walled, an elaborate system of sewers drained the Orcadian hamlet of Skara Brae; two-storied houses were built in pre-Columbian pueblos, and so on.

The common factors are quite abstract. Concretely Egyptian, Sumerian, Indus and Maya civilizations were as different as the plans of their temples, the signs of their scripts and their artistic conventions. In view of this divergence and because there is so far no evidence for a temporal priority of one Old World centre (for instance, Egypt) over the rest nor yet for contact between Central America and any other urban centre, the four revolutions just considered may be regarded as mutually independent. On the contrary, all later civilizations in the Old World may in a sense be regarded as lineal descendants of those of Egypt, Mesopotamia or the Indus.

But this was not a case of like producing like. The maritime civilizations of Bronze Age Crete or classical Greece for example, to say nothing of our own, differ more from their reputed ancestors than these did among themselves. But the urban revolutions that gave them birth did not start from scratch. They could and probably did draw upon the capital accumulated in the three allegedly primary centres. That is most obvious in the case of cultural capital. Even today we use the Egyptians’ calendar and the Sumerians’ divisions of the day and the hour. Our European ancestors did not have to invent for themselves these divisions of time nor repeat the observations on which they are based; they took over — and very slightly improved systems elaborated 5,000 years ago! But the same is in a sense true of material capital as well. The Egyptians, the Sumerians and the Indus people had accumulated vast reserves of surplus food. At the same time they had to import from abroad necessary raw materials like metals and building timber as well as “luxuries.” Communities controlling these natural resources could in exchange claim a slice of the urban surplus. They could use it as capital to support full-time specialists -craftsmen or rulers — until the laters’ achievement in technique and organization had so enriched barbarian economies that they too could produce a substantial surplus in their turn.