Gastón Acurio no podría trabajar en Barranco. Fuente: Café Taipá

Alucinante. Mientras en Miraflores se realiza un evento gastronómico, apelando harto a que la figura de la comida peruana tomando por asalto la calle (o recuperándola), en Barranco el alcalde Mezarina, en vez de facilitarle la vida justamente a quienes promueven día a día el “Perú, Mucho Gusto”, los arrincona, los empuja, los bota al exilio. Eso me entero con la carta de Aída Flor Céspedes, vendedora de tamales entre la cuadra 4 y 5 de la avenida Grau, desde hace más de 30 años. La carta apareció en Somos. Copio algunas líneas:

“He venido trabajando en Barranco con autorización y pagos al día por más de 30 años. Nunca tuve problemas con anteriores gestiones municipales; es más, en el año 2006 me declararon “Tradición barranquina antigua” […] El día 16 de setiembre cargaron toda la mercadería sin aviso alguno.  […] Manifiestan que el Banco de Crédito y Metro son los que se quejan. Pero he averiguado que se quiere declarar zona rígida la Av. Grau. Momentáneamente me dejan vender enla Av. Alfonso Ugarte, en un horario injusto, hasta las 11 am, y me han prohibido el uso de sombrilla, con la que protejo la mercadería del sol. Dicen que luego nos reubicarán en el malecón. […] En la gestión anterior [la de Martín del Pomar, RB] me querían botar. […] El día viernes 19 de setiembre se le hizo llegar una carta al alcalde y la lista con firmas de todos los vecinos, incluida la mamá y la hermana del alcalde, para que reconsidere mi situación, pero aún no tenemos respuesta” (Carta aparecida en Somos, nº 1138, 27/09/08)

Buena parte del rollo de Barranco con el turismo se basa en su tradición, en su historia de balneario antiguo. Para sucesivos alcaldes esa tradición se ha reflejado en las fachadas de los edificios viejos y no en su gente. Por ejemplo, lo sucedido con el primer mercado modelo de la ciudad para poner un supermercado Metro. La expulsión de los micro-comerciantes de abastos y verduras del mercado y alrededores, lo ocurrido con el parque Confraternidad, las playas rematadas, en fin. La gente arrinconada en su propio distrito.

Esta forma de entender la ciudad y el manejo de los espacios públicos es funcional a la lógica de ciertas políticas culturales que se dan en distintos niveles del estado. Ciertos corsés conceptuales impiden incluso que se debate a la cocina como parte de lo que se ha venido llamando industria cultural, aún cuando las vinculaciones (con el universo letrado, con la industria editorial, con la televisión y la radio) esté creciendo constantemente. En todo caso, espero que en los debates que actualmente se están dando en el INC se esté incluyendo al universo de la cocina peruana. Ojalá. Gastón Acurio, casi solitariamente (y creo, sin mucho eco en las distintas oficinas gubernamentales correspondientes), insiste en proteger a las tamaleras, anticucheras, sangucheras, etc. (Pueden ver algunas cosas que he recopilado sobre los tamales y las tamaleras). La ciudad por su parte  nos obliga a comer los feísimos e industriales tamales de Metro, desperdiciando una de nuestras banderas culturales actuales: la cocina peruana, aquella que es mantenida y promovida por cientos de mujeres micro-productoras en las calles, en pequeños puestos en los mercados (que aún quedan). Todo un contrasentido.

(En el video de “Peru: Living the experience”, aparece casi al final, luego del momento Narnia, una mesa con algunos platos. Quizá ese sea finalmente el modelo desde PromPerú: la cocina peruana mantenida en restaurantes caros, dirigidas al turista).

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