Desde hace mucho que seguimos el tema de la venta de las playas de Barranco (y en general, de la privatización del espacio público en la ciudad). Esta serie de concesiones de parques, malecones, líneas de mar, obedecen (pienso) a un discurso, muy arraigado y aparentemente de sentido común, en el que si el estado no puede encargarse de estos recursos públicos, la empresa privada lo puede hacer mejor. La búsqueda de financiamiento dentro de las municipalidades también se vuelve una buena excusa para rematar acantilados y parques.

Así, las playas de Barranco se han vendido casi en su totalidad, y si alguien pasea por “el malecón” de la costa (si es que se puede, porque en algunos lugares no hay ni siquiera eso), va a haber construcción tras construcción que impide, por ejemplo, circular libremente con una bicicleta, correr, caminar, etc.

No solo eso, sino que en esa lógica de vender las playas, se ha obviado el uso social de los espacios públicos. El caso puntual del restaurante Cala puede servir como ejemplo. Revisando crónicas sobre Barranco, y conversando con varios vecinos de antaño, uno se puede enterar que no solamente existían Bajada de Baños y el Funicular como acceso a la playa, sino también otras bajadas naturales, en los que luego se construyeron escaleras. Existían flujos (como el que he marcado en rojo, en la foto satélite de más arriba) de personas, que caminaban desde las zonas más populares del distrito hacia la playa. Claro, para hacerlo, pasaban por las zonas más caras (como Saénz Peña, donde está la casa del embajador español y varias galerías de arte), y de allí accedían por una pendiente a la playa. Sí, justo donde está ahora Cala.

Restaurante Cala, desde lo alto de la “Bajada Saénz Peña”.

Que la bajada de Saénz Peña (mejorada durante la década de los ochentas) haya sido destruida y prohibida de usar, justo para cuando se privatizó esa parte de la playa, no es, para nada, una casualidad. Las playas son vistas más como un decorado para los conductores y pasajeros de carros, para los clientes de los restaurantes, y no como un lugar de encuentro de vecinos, de ciudadanos. Espacio público.

Es, por eso, una buena noticia, que el Poder Judicial (apelando al hecho que la playa no le pertenece a la Municipalidad de Barranco, y que la Constitución también protege dicho recurso público), ordene la paralización y demolición de cualquier obra que se encuentre en el terreno donde está ahora el Restaurante Cala.

Sí, demolerían el Restaurante Cala.

Y así, se abre un buen precedente para la recuperación de las playas.

Más:
La orden del Poder Judicial (Blog Playas de Barranco)

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