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Ayer, el historiador Manuel Burga (hay que hacer siempre la distinción con el dirigente deportivo) en su columna Aproximaciones en La República observa algunos momentos sobre la ubicación territorial de la Universidad de San Marcos. Copio algunos párrafos y recomiendo su lectura completa:

“El año 1999, en una suerte de acto simbólico, cuando era presidenta del Congreso Martha Hildebrandt, la Universidad de San Marcos, representada por su rector, en un surrealista acto público, recibió un sol por la venta del local que ahora ocupa el Congreso de la República. Se saneaba así, en términos bastante amigables, una situación ilícita creada por la ocupación de facto del local de la Universidad ordenada por Bernardo Monteagudo el 15 de junio de 1822. Eran los agitados años de la Independencia y todo se puso lógicamente al servicio de la nueva era que se iniciaba. El primer Congreso Constituyente inició sus sesiones en este local, allí aprobó la Constitución de 1823 y nunca más lo desocupó. […]

El título lo dice todo, “La Casa de la Universidad es tomada para las sesiones del Congreso”. El contenido principal es el siguiente: “La primera vez que se pronunció por el Delegado Supremo la palabra Universidad fue para despojarla de su casa, sin concederle indemnización alguna, ni asignarle siquiera un canon o pensión conductiva. Este acto pudo ser disculpable en los primeros días de la Independencia, cuando no había otro pensamiento que el de libertar al país de la dominación española; pero haber dejado transcurrir cuarenta años sin pagar alquileres por ella y sin atender los reclamos de la Universidad es una cosa que hace poco honor a la rectitud de nuestros legisladores. Ellos declaraban que la propiedad era inviolable y sagrada, quizá sin advertir que profanaban con su presencia este principio, ocupando casa agena (…) También fue privada de su biblioteca particular y traspasados sus libros a la pública en setiembre de 1822”.

El texto lo escribió José Gregorio Paz Soldán, el rector de la reforma liberal en San Marcos, como parte de sus esfuerzos para transformar a San Marcos en una institución secular, docente, científica y al servicio del país. El delegado supremo era Bernardo Monteagudo, nada querido por los liberales de la Independencia, ni por los que vinieron después. De alguna manera –en este texto– se justifica la ocupación del local de San Marcos durante la Independencia, no así que no se hayan pagado alquileres cuando el Estado lo podía hacer por la riqueza del guano y, más aún, cuando Echenique en 1850 había autorizado pagar todas las deudas contraídas como consecuencia de la Independencia. San Marcos no fue escuchado y más bien su biblioteca pasó a formar parte de la futura Biblioteca Nacional, también por orden de Monteagudo.” (San Marcos errante, Manuel Burga.

La historia como metáfora. Una universidad creada durante la colonia a la cual se le fue despojando de todo: local, patrimonio bibliográfico, presupuesto, un lugar dentro de la Lima versión siglo XXI, etc. En estos momentos de TLCs, cuando se habla de competitividad (¿educación de alto nivel y competitividad? ¿hello, príncipe freak?), de un Ministerio (?) de Educación que parece una obra de arte de Jack the Ripper, vale la pena recordar la función de la universidad pública. En fin. Mejor hablemos del chuponeo.

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