Bueno, se sabía que no iba a ser fácil. Tampoco tenía que serlo. La reciente negativa, rodeo y ataque a la propuesta de la construcción del Museo de la Memoria, que contaba con financiamiento alemán, sintetiza rápidamente la actitud del gobierno peruano sobre lo ocurrido durante 20 años de violencia política.

Familiares frente a restos de víctimas en Putis. Fuente: Paz y Esperanza, vía Justicia para Putis.

(También mostró en la práctica qué cosa es el espacio-tiempo histórico del aprismo. Es la conveniencia y el pragmatismo político hecho verbo. Amen).

Más allá de las responsabilidades penales, quién comenzó con el primer disparo, hay una responsabilidad política y social del estado peruano no reconocida en las conclusiones del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (recordar que la palabra “reconciliación” fue incluida por el gobierno de Toledo, lo cual llevó también a diversas confusiones teológicas).

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Alan García frente a los restos de miembros del MRTA y otros, Molinos, Junín.

Un museo de la memoria debería ser el punto final de una larga lucha social y política, que lleve al mutuo reconocimiento, de las víctimas fatales, de las heridas sin cerrar. Un lugar de encuentro entre peruanos y peruanas. No solamente para que no se repita, sino que sirve de referente histórico. La tragedia como parte de la humanidad y también lecciones aprendidas. Testimonios. Archivos. Voces. Imágenes.

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Fujimori frente a los restos de miembros del MRTA, casa del embajador japonés, Lima. Como en Molinos, una acción terrorista terminó con ejecuciones extrajudiciales y una innecesaria demostración macabra de poder.

Es claro, además, que el gobierno aprista se encuentra en una suerte de aggiornamiento que incluye una revisión de su pasado histórico. Como en El tema del traidor y del héroe, de Borges, el gobierno aprista ha planteado desde que regresó al poder convertir todo error del pasado en circunstancias del destino. Bajo esa entrada, es impensable la posibilidad de un museo de la memoria. Bajo ninguna circunstancia. Peor aún, si las bases sociales del gobierno se encuentran en los cuarteles militares, en las iglesias y los gremios de empresarios (tema ausente en el Informe de la CVR, la responsabilidad política de la burguesía peruana).

Evidentemente que la memoria es selectiva y en la narrativa histórica resultante hay mucho de olvido, muchas huellas, pequeñas, diminutas huellas. ¿Cómo se establece ese límite? ¿Quién caya a los testimonios?
¿Acaso no será, como se preguntaba Yosef Hayan Yerushalmi, que el antónimo de “olvido” sea “justicia”?

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