A la izquierda (o a un sector de ella) se le reclama periodicamente un deslinde con la violencia, con “la revolución por la vía armada”. Es un reclamo legítimo, creo, y que además incide en la necesidad por una apuesta por la democracia como sistema de valores, como sistema político.

 

(Hace casi 30 años, Julio Cotler, en entrevista con César Hildebrandt, decía: “una de las tareas fundamentales de la izquierda en el Perú, es rescatar la democracia, es cumplir una tarea democrática”. Tarea nunca terminada. El debate democracia versus revolución trazó además una línea entre los intelectuales de izquierda en buena parte de la década de los ochentas, registrada en gran parte en Señales sin respuesta, por Ósmar Gonzáles).

La misma crítica es extensible a buena parte de la derecha peruana, sobre todo en la semana de la sentencia a Alberto Fujimori, por crímenes de lesa humanidad. ¿No se debería reclamar también un deslinde con el autoritarismo como forma de gobierno? ¿Crecimiento económico -en entredicho, además, teniendo en cuenta la enorme corrupción, justamente económica- sin derechos humanos? ¿Los costos sociales de la reinserción del Perú al sistema financiero mundial? ¿Las cuotas de sangre para la revolución capitalista en el Perú?

Aquí, una divertida selección de citas, donde distintos periodistas, columnistas, empresarios, etc., buscan atenuar la sentencia de Alberto Fujimori, bajo el discurso del crecimiento económico.

No juzgar al modelo económico:

“La sentencia debe circunscribirse al dictador y sus cómplices, porque no están bajo escrutinio los militares que vistieron y visten con honor el uniforme de la patria. Tampoco debe juzgarse un modelo económico o una postura ideológica.” (La condena moral, Hugo Guerra, 4 de abril del 2009)

“Antes de Fujimori, el Perú era un infierno. El ‘durante’ habría que dividirlo en dos periodos: 1990-1996 y 1997-2001. El primer periodo fue de ensueño y Fujimori fue su artífice, por lo menos, en lo que a pacificación y ordenamiento económico se refiere. Por ello, muchos peruanos consideramos que Fujimori fue un gran presidente. […] debemos pensar en un Perú “después de Fujimori”: un Perú práctico y efectivo como el primer gobierno de Fujimori, pero lejos –lejísimos– de ese malvado que resultó ser.” (Antes, durante y después de Fujimori, Fernando Cillóniz, 8 de abril del 2009)

La severidad de la sentencia:

“En realidad, esas grietas en el fallo no lo van a invalidar, ni mucho menos; pero sí se prestan a la especulación sobre si existió, al menos en el subconsciente, un elemento político al momento de su redacción. También va a ser motivo de cuestionamiento la severidad de la condena, ya que le han otorgado la pena máxima en un caso basado en indicios, lo que impide descartar totalmente las dudas razonables. Un par de años menos que el máximo habría sido más adecuado.” (La grieta se agranda, Fritz Dubois, 9 de abril del 2009)

“Aunque las encuestas no garantizan la permanencia de las actuales simpatías, la excesiva sentencia a Fujimori podría levantar aún más la candidatura de Keiko.” (Encuesta, sentencia y candidata, Alfredo Ferrero, 9 de abril del 2009)

El termómetro popular:

“Luego de que el tribunal sentenciara a Alberto Fujimori a 25 años, se empieza a notar, con increíble nitidez, dos reacciones: la del Perú oficial y la del Perú real. Los partidos políticos, los medios de comunicación y las élites celebran la severidad de la corte y reconocen que se trata de un hito histórico para la democracia peruana y latinoamericana. Se trata del Perú oficial. Sin embargo, en las ciudades emergentes y andinas que rodean los barrios mesocráticos de Lima y en las áreas rurales del país, Fujimori se ‘victimiza’ y los líderes fujimoristas señalan que la implacable condena “es el triunfo de Sendero Luminoso”.” (Los juicios a Fujimori, Víctor Andrés Ponce, 9 de abril del 2009).

Como relata Óscar Ugarteche, no es casualidad que el paquete de reformas del primer gobierno de Fujimori, llegara al día siguiente del golpe de estado del 5 de abril (paquete “empantanado” en el Congreso de la República). Así, llega la idea fatalista que no había otra, que no eran necesarias las instituciones democráticas para estas reformas estructurales (las que nos han llevado al actual y discutible estado de prosperidad). De ese modo, queda en la memoria de la derecha peruana esta idea del efectivo primer gobierno de Fujimori, donde todo era felicidad y crecimiento, donde el Perú real, no el de los políticos, se empató con él, y que, pucha, pobrecito, hay que tomar en cuenta eso porque la sentencia es excesiva, no se pasen.

Más: Sugiero la lectura del artículo de Alfonso Quiroz, Costos históricos de la corrupción en el Perú, en El Pacto Infame, Estudios sobre Corrupción en el Perú, editado por Felipe Portocarrero, Red Para el Desarrollo de las Ciencias Sociales, 2005.

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