Constantino y el fútbol

Roberto Challe y Cachito Ramírez vistiendo de blanquiazul. Fuente: Arkiv Perú

Me encantó leer este texto inédito de Constantino, sobre el fútbol, sobre el gusto por el fútbol, sobre Alianza Lima. Fuerte leerlo, y fuerte extrañarlo. Comparto unos párrafos y recomiendo su lectura completa:

“…terminé un día en el estadio de Universitario de Deportes, en la calle Odriozola, en Breña. Era quizá enero de 1966 y el equipo entrenaba para un partido amistoso internacional. El documento del chofer abría todas las puertas y nos dejaban sentarnos en las bancas de madera a mirar el partido de práctica. Al acabar paseábamos por las instalaciones y en los escalones de una cancha de básquet encontramos a algunos jugadores. A un lado cinco o seis de ellos. Solo, a tres metros del grupo, un recién llegado que no tenía aún veinte años: Roberto Challe. Allí estaba aparentemente tímido, alejado, sin amigos. Era la oportunidad. Lo rodeamos y nos invitó a sentarnos. Tenía el pelo mojado por las duchas y sus brazos me parecieron demasiado largos para enfrentar el peso de futbolistas profesionales. Había destacado en el Centro Iqueño y para mí era ya un futbolista, un cuerpo venerado.

Él habló, contó no recuerdo qué sobre su pasado pero fue amable y afectuoso con unos idiotas de trece años como nosotros.

“Allí estaba aparentemente tímido, alejado, sin amigos. Era la oportunidad. Lo rodeamos… ”

Se sentía un crack, esto estaba claro. Y yo veía el aura de triunfo que lo rodeaba. Estaba embobado escuchándolo cuando del otro grupo se escucharon risas, esa actitud de mofa que conocía bien del colegio. Se estaban burlando de él y de nosotros. Entonces le pregunté: “¿Por qué no estás con ellos?”. Y él, levantando la voz, dijo: “Porque no me junto con negros feos”. Escucho la frase, el tono de su voz y siento temor aún hoy mismo. Se paró y miró a Alejandro “Pelé” Guzmán, un moreno fortísimo, mayor, centro delantero de la U y goleador desde hacía mucho años, quien era el promotor de la chanza. Hubo unos segundos de tensión hasta que Ángel Uribe y Víctor Calatayud se llevaron a Guzmán para evitar golpes. El casi niño Roberto Challe se sentó y nos dijo: “Nunca hagan caso a los matones”. Y se quedó hablando dos horas más de todo lo que queríamos conocer, preguntas tontas que no recuerdo ahora. Solo conservo el instante de silencio que antecede a la violencia, ese miedo que conocía bien, y mi corazón latiendo intensamente junto al joven héroe.

Yo regresé ese día a mi casa en una nube. Había conocido a un futbolista, a ese Roberto Challe que era una promesa conocida y a quien la U había contratado con la seguridad de que sería un jugador importante. Y lo fue, extraordinario, no cabe duda.” […]

“Una noche, siendo todavía Challe el entrenador del Alianza Lima, que volvió a perder y siguió perdiendo, me llamaron para que mirase un programa de espectáculos en la TV. Y allí estaba el jugador R, acompañado de J y de mi querido A. S. Los dos primeros eran jugadores trajinados, con más de treinta años, con cuentas bancarias que aseguraban su futuro; pero A. S. Era un chico que empezaba y, lo más grave para mí, un caso conmovedor que yo había tomado de manera personal. Casi me decía papá, yo casi le decía hijo. Había pasado su infancia en una casa de cartón en el Callao, de niño tuvo que limpiar lunas de carros para comprar pasta básica para sus familiares. No había ido casi al colegio, era de una flacura de muerte y cuando lo conocí, allí en esa polvorienta calle del Callao, me impactó la miseria en la que vivía.

Varios años había costado empujarlo hacia delante, alimentarlo, sacarlo de ese barrio, recomponer su vida familiar. Y lo habíamos logrado, pero siempre de modo que había que tenerlo bien controlado. La televisión confirmaba mis sospechas, estaba tomando alcohol, rodeado de mujeres, a las tres de la mañana, en una discoteca de mala muerte. Yo sabía que esos jugadores mayores malograban nuestro trabajo y lo venía diciendo. No me hacían caso. Pero aquí estaba la prueba. Era miembro de la Comisión de Disciplina y el acuerdo unánime fue separarlos de la institución. Había que dar un mensaje claro a los menores o se nos escapaban de las manos. El presidente no aceptó la decisión y tuvimos que renunciar a esa comisión. Se nos dijo que en adelante sí se sancionaría y pidieron que permaneciéramos en el club. Yo lo creí. Pero un mes después el mismo jugador R, el que invitaba, volvió a salir amaneciéndose en otra discoteca y entonces exigíamos que se fuera.” (Tres veces Challe, Constantino Carvallo)

Nota: R. es Rebosio, J. es Juan Jayo y A. S. es Alexander Sánchez.

Más: La persona más subversiva que he conocido (Hija de puto)

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