Un sentido común de estos días, referido al asesinato de Marco Antonio Gallego, tiene que ver con las siguientes frases: “¿Qué pasa en la comunidad gay para que se estén matando entre sí” o “¿Cómo va a ser un crimen homofóbico si un gay mata a otro gay?”.

De hecho, llama a confusión y la verdad, por mucho tiempo yo era parte de ese mismo sentido común. Finalmente, desde fuera, todo es igualito, o, como dice el dicho, desde aquí todos los chinos (incluyendo los japoneses) son idénticos.

Pero el tema es algo más complicado. Según el sitio Letra Ese, los crímenes de odio por homofobia se caracterizan porque:

La gran mayoría de las víctima fue hallada asesinada con extrema violencia y saña (golpe múltiples, uso de armas blancas, tortura, incluso, cuerpos mutilados o destazados), lo que refleja la necesidad psicológica del victimario no sólo de infringir un daño a la víctima, sino de castigarlo hasta el exterminio, constituyendo una verdadera ejecución a diferencia de otros homicidios. (¿Cómo distinguir un crimen de odio por homofobia?, Letra Ese)

Ya, ok. Es subjetivo. Además, recurriendo al sentido común, ¿pero un gay puede odiar otro gay? Aquí, sin embargo hay que hacer una distinción. No toda persona que tiene prácticas homoeróticas se define como gay. A ver, para ponerlo en términos clasistas compañeros. En los setentas era claro que no todo obrero era un proletario. Es decir, por un lado existe la condición social pero por el otro existe la consciencia social. Hacer no es igual a ser. Y no basta tampoco con creer ser. Es decir, un nacido en Río Santiago que habla awajún “desde el vientre” bien podría autoidentificarse como awajún, pero si quiere se considera así o si quiere no.

¿Se capta ahora? Creo que Beto Ortiz lo dijo bastante bien ayer:

Lo que pasa es que todos estos donceles montaraces, en la tranquilizadora película que se pasan en sus aturdidas cabecitas, no son bisexuales, no. Tampoco homosexuales, menos. Con la coartada de “lo hago por mis estudios, pero no me gusta”, tales especímenes asumen su ventolera como si fuese un pasajero sarampión y se acuestan felices con hombres, por lo menos, una vez por semana durante años y años de rendimiento físico y bonanza financiera pero, eso sí, se alucinan normalitos, heterosexuales, machitos que se respetan. Varón que fornica varón es dos veces varón –decía Jean Genet. En sus cerebritos, insisto, el placer de su compañía, vale decir, sus sobrevaluadas pichulitas cuestan millones. Pero el que pide al cielo y pide poco, es un loco, ¿no es cierto? Y lo que comienza como una propinita inofensiva puede convertirse fácilmente en págame o te mato, cabro maldito. Y ay de aquel que se niegue o quiera guerrear. (Nadie merece morir así, Beto Ortiz)

No hay datos exactos de cuántas crímenes de odio hay en el Perú. No es el caso aquí de decir tampoco que el asesinato de Marco Antonio Gallego se inscribe como tal, sino tratar un tema que está inscrito en el sentido común y que es aplicable a otros campos identitarios: racismo, machismo, etc.

En fin. Ojalá los medios se encuentren a la altura de las circunstancias para trata esta noticia.

Más:
El mariconeo como práctica (elmorsa.pe)
Homofobia: visibilizando el problema (Alberto de Belaúnde, Real Politik)
La comunidad LGBT convoca a marcha contra los crímes de odio (vía FB)
Para salir de la nota roja (Jacqueline Fowks, Notas desde Lenovo)

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