“Lo que esto significa, un ser vivo, se sabe hoy menos que nunca, y por se destruye a montones de seres humanos, cada uno de los cuales es una creación caliosa y única de la naturaleza. Si no fuéramos algo más que seres únicos, sería fácil hacernos desaparecer del mundo con una bala de fusil, y entonces no tendría sentido contar historias.” Hermann Hesse, Demian

“…hemos aprendido también que el voluntarismo vanguardista termina aislándose de la praxis social, termina desvinculándose del proceso histórico; y la lógica de los aparatos, la lógica de las estructuras, la lógica de la organización, termina imponiendo sus propias exigencias y sus propios objetivos, muchas veces contrapuestos a las necesidades políticas y a los objetivos revolucionarios.” Alberto Gálvez Olaechea, sentenciado por terrorismo y ex-militante del MRTA, frente a la Comisión de la Verdad y Reconciliación (2003)


Alberto Gálvez, al medio. Ganador del Concurso de Cuento Arte y Esperanza 2007. Fuente: Kolumna Okupa

Uno de los libros más importantes del año pasado, apenas se advirtió. Se trata de Desde el país de las sombras, Escrito en la prisión, de Alberto Gálvez Olaechea (SUR, Casa de Estudios del Socialismo, 2009). En medio de tanta bulla por la pertinencia del Museo de la Memoria Gálvez realiza un balance crítico de una parte (importante) de la historia de la izquierda peruana. Que yo sepa, no existe alguna otra mirada crítica a casi 50 años de nueva izquierda en el Perú (lo más cercano podría ser la carta de despedida de Alberto Flores Galindo, pero esta se encuentra lejana al libro de Gálvez). No hay dimensiones ni recreaciones heroicas en Gálvez, sino más bien una crítica haciendo eco a lo que Sartre llamaba el voluntarismo ideológico, la práctica terrorista de hacer que la realidad se adapte a lo que uno quiere y no partir de la realidad para regresar a ella.

(Que yo sepa, tampoco ningún dirigente de izquierda de la generación del 68 o del 70 ha respondido a la crítica de Gálvez).

El punto de partida de Gálvez es uno que ya se sabe: Los jóvenes de los setentas creían que la revolución estaba a la vuelta de la esquina y que el poder era como el fuego de los dioses. Había que convertirse un poco en Prometeo para alcanzarlo y luego llevar la luz a las poblaciones que vivían en las oscuridades. Sin embargo, como lo advierte Gálvez, hubo no uno, sino varios equívocos gravísimos con consecuencias trágicas. Varias de ellas investigadas por la Comisión de la Verdad y Reconciliación.

La segunda parte del libro está dedicada a los héroes de Gálvez. No hay guerrilleros románticos que viajan de pueblo en pueblo y que han muerto en lejanos lugares (y que luego aparecerán en camisetas por todo el mundo); se trata más bien de aquellos que (sobre-)viven o nos han dejado reciéntemente: la familia del hermano de Gálvez que cuida del hijo, de Hubert Lanssiers, de Constantino Carvallo, etc.

La última parte es sobre las cárceles y sobre la idea de seguridad. ¿Son las cárceles hechas para cuidar el alma de los presos y recuperarlos para la sociedad? ¿O son más bien lugares para sentirnos protegidos los que estamos fuera? Con el pretexto de la seguridad, vemos como a menudo se tiran abajo uno y otro derecho ciudadano. Nos sentimos más seguros pero cada vez menos libres, ciudadanos (ver la crítica a los escaneos corporales en los aeropuertos). Además, en un mundo “amenazado por el terror”, hay ciudadanos menos ciudadanos. Pregúntenle a los viajeros de “países peligrosos”.

Siento que no es gratuita la cita que Gálvez escogió de Carvallo. No hay heroicidad en aquel que se lanza a alguna aventura movido por un ideal sin medir las consecuencias. La muerte no tiene héroes. La heroicidad está en la vida.

“Porque la muerte no debe ser idealizada como lo hizo el romanticismo. No es jamás justa ni bella. La muerte es siempre inoportuna, abusiva, desconsiderada. Un desatino que interrumpe siempre y deja una distancia, un abismo, un vacío entre el que se fue y nosotros, que nada puede alcanzar a llenar y consolamos. La muerte divide al ser del mundo, nos separa del hechizo y la fascinación en la que debiéramos vivir eternamente fascinados. Por eso no desde la fe, sino desde algo más poderoso y primordial, como es el deseo, anhelo fervientemente que exista el cielo; pero que para que sea pleno, como escribiera Pavese, no será suficiente dios si no se cumple primero con la resurrección de todos nuestros muertos.” (Constantino Carvallo, La filosofía y la casa del padre)

Ojalá sea leído y registrado el libro, tanto entre los militantes (que quedan) de izquierda y también entre los que no lo son.

Más:
Alberto Gálvez Olaechea (el blog de cayo)
Entrevista a Alberto Gálvez (Perú21)

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