Ricardo Uceda presenta, en su último artículo para Poder 360º sobre el fútbol peruano, un texto de Constantino Carvallo sobre la dirigencia deportiva. Vale la pena leerlo completo, así que lo publico todo. Disculparán la extensión.

Clasificación dirigencial


Fuente: Guia2000

Tras una década de andar sumergido en el mundo del fútbol peruano, he ido construyendo una suerte de clasificación de la dirigencia tal y como hizo, hace doscientos años, el científico Lineo con el reino animal.

Porque no existe una sola especie, sino muchas. El dirigente honesto que pone los intereses de la institución por encima de los suyos es una especie en vías de extinción, quedan muy pocos y la mayor parte de ellos han sido desplazados por las razas más hambrientas y depredadoras.
Está, por ejemplo, el dirigente criollo, un vivazo que habla con lisuras, cuenta chistes sobre homosexuales, huele a alcohol, te da palmaditas en la espalda. Y espera que te retires para ponerte un apodo y lograr que todos sus semejantes se rían de su chispa criolla. Por supuesto que esta especie no pone un sol para resolver problemas. Ni trabaja, solo pasta y rumia su cinismo y anda buscando, sediento, que alguien “se ponga” un trago.

Luego tenemos al dirigente que acude a este mundo para exhibir sus signos exteriores de riqueza. Ese que piensa que la plutocracia es la forma auténtica de gobierno. Cambia de carro cada año, ofrece premios a los jugadores, muestra siempre que puede que su cuenta bancaria es millonaria y que la tuya no. Quiere el cargo para ocupar el puesto que cree que le corresponde en este concurso de billetes. A veces, en los peores momentos, surge por mutación una especie híbrida que le agrega a la anterior una pretensión racista.

Y luego está el dirigente que no pudo triunfar en su vida personal y que conserva esa admiración por el futbolista que viene de las proyecciones de la infancia. Como el futbolista sigue siendo su ídolo, quiere chuparle la sangre del reconocimiento con solo permanecer a su lado. Quiere ser el amigo del futbolista, bajar al camarín, llevarlos a comer, a tomar, lo que sea que gane su confianza. Porque su realización es estar cerca de ellos, de su fama, de su éxito. Les regala artefactos, los protege de las sanciones, habla mal con ellos de los otros dirigentes. Vive feliz cuando el jugador símbolo simplemente lo tutea, lo llama con diminutivos.

Y claro, está también el dirigente ladrón, sin escrúpulos, que quiere simplemente ganar dinero con la venta y compra de jugadores. Y que le abre la puerta del club a toda clase de pequeños roedores: empresarios chicha, gerentes bamba, empleados trafa. Es el rey de la coima y va corrompiendo todo lo que toca. Y no deja huellas, arrastra consigo un buen equipo de contadores.

Y está también el cacique, el dueño de su hacienda, que incluye la propiedad sobre hinchas y jugadores. Mira a los futbolistas como ganado que le sirve mientras rinden en la cancha para acrecentar su prestigio. Pero si se enferman o se quiebran, los despacha como a caballos cojos. No cree en democracias y los miembros de su junta directiva son como empleados de su empresa. También los cambia si molestan y si puede los insulta y los rebaja.

Y bueno, hay otras especies menores que no vale la pena describir. Como el dirigente militar, con pistola, o el dirigente perverso al que atrae este universo masculino. El asunto que complica la vida en este parque humano es, como estudió Mendel, la mezcla de los genes. Porque puede surgir el dirigente que combine su ADN con el de otro y tengamos al dirigente ratero y racista, o al otro apañador y criollazo, o cualquier otra mezcla que aumente sus posibilidades de supervivencia. Hasta que aparece, lamentablemente, una suerte de Godzilla que reúne todos los atributos juntos y lleva al club a la peor deshonra. (Vía Poder 360º).

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