Un artículo de Juan de la Puente, publicado ayer en La República, me llamó particularmente la atención. Reproduzco unos párrafos:

Vivo en San Borja y me avergüenza la resistencia de un grupo de vecinos a que se construya el Hospital del Niño en una de sus avenidas más transitadas, y me asombra que sean alentados por el municipio. Sus argumentos –inseguridad, polución, ruido y excesivo tránsito de personas– me provocan una mezcla de lástima e indignación tanto por su inconsistencia como por la mal disimulada y verdadera razón: un egoísmo racional respecto de su entorno real, es decir, la ciudad, y una indiferencia frente a los demás, los pobres y, en ese caso, los niños.

Si nos adentramos en ese egoísmo podríamos concluir en que a este grupo, y a similares ya evidenciados en otros episodios, les molesta más cosas: que se fije un paradero del Tren Eléctrico en su distrito, que el Metropolitano discurra por “sus” calles; que allí se instalen colegios para niños con discapacidad (especialmente con Síndrome de Down); que vengan “otros” niños a jugar en “sus” parques; que “otros” accedan a “sus” playas al sur de Lima; o que las empleadas del hogar caminen sin uniforme.

Aguanta. ¿Le produce vergüenza que los vecinos pregunten y exijan más información sobre una obra que les va a afectar? La lógica de Juan de la Puente puede llevar a pensar que está muy bien que la población amazónica (“pobrecitos ellos”, pensará Juan de la Puente) reclame por el derecho a la consulta previa, pero no que un grupo de vecinos de clase media reclame. Finalmente, para Juan de la Puente existe una bien mayor. Discurso parecido al del perro del hortelano.

Que los vecinos de San Borja se preocupen por el destino de su distrito no debe avergonzar. Lo peor es que pasivamente acepten una construcción de tamaña magnitud (por lo que significa un Hospital del Niño). Esto, en cambio, debe ser visto como una buena señal. Al menos se preocupan por su entorno, algo que no se veía desde hace mucho. Fácil el Hospital del Niño, a partir de no sé qué estudios técnicos, debe estar allí, en San Borja. Eso no tiene nada que ver con que los vecinos reclamen y pidan explicaciones.

El papel aguanta todo paternalismo.

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