Hay un par de casos interesantes para esto de los espacios públicos. Por un lado, el caso de la Plaza de Barranco que ha sido ocupada por la Feria del Trigal que ha sido descrito en este blog y, luego, el caso descrito por el columnista Ricardo Vásquez Kunze. Tal como el propio Vásquez Kunze lo describió en su columna en Perú21, un grupo de menores de edad estaban montando skate en el parque frente a su casa, lo que provocó la ira y que este periodista terminara agrediendo a los skaters.

Abuela de Barranco

La primera confusión es la de lo público como estatal. Se les trata como sinónimos y creemos muchas veces que un bien público es estatal o viceversa. Sin embargo, se trata de conceptos distintos. Mientras que lo estatal hace referencia a la institucionalidad sobre la que se montan las naciones, lo público hace referencia a la comunidad, a la gente. Esto es, a la ciudadanía. Pasa tanto por las prácticas ciudadanas como a sus representaciones. Así, los espacios públicos serán producto del entrecruce de todas estas formas de hacer la ciudadanía (García y Coral, 2004). Artes de hacer, como señala De Certeau, las prácticas cotidianas imperceptibles cuando no inconscientes que modelan la vida en comunidad (De Certeau, 2002).

Así, no se forman espacios públicos por decreto o por ley, sino, para ponerlo en otros términos, estos son parte de una conquista ciudadana. No hay espacios públicos concedidos, sino espacios (que hace referencia a una territorialidad) que son producto de nuestro andar por la ciudad o el campo, de nuestras formas de apropiarnos del paisaje urbano o rural, de nuestro mirar, nuestro hablar y nombrar. O, en los tiempos últimos de la era de la información, también de los videos de Youtube, del Foursquare, del Google Maps, etc.

La cosa se complica cuando cruzamos ciudadanía con etnicidad, clase y género. En los primeros tiempos de la República, por ejemplo, la idea de ciudadanía hacía referencia al vecino de las ciudades criollas (Guerra, 1999). Se pasó de un sistema de dos tipos de repúblicas (la sociedad estamental de la colonia española) a una república dividida (Thurner, 2006). Tenemos ahora una ciudadanía compleja, complicada, arisca, peleona, malcriada, donde cada grupo o sector está piteando por su espacio y lugar. Acaso son estos los que forman la llamada comunidad o sociedad política de Partha Chatterjee (2006).

Así, luego, tenemos que las batallas por el espacio público se hacen intensas. Es la batalla de los barranquinos a quienes se les privatiza todo el tiempo su paisaje cultural, es decir, lo que les hace sentirse como tales. También la de los skaters por hacerse un lugar en una ciudad de jardines que se miran pero no se tocan. El reto es cómo todos pueden convivir en el mismo territorio, cómo negocian, cómo transan. Finalmente, cómo confían los unos y los otros.

Así, claro, puede tener razón Vásquez Kunze en su molestia con los skaters y lo sensato hubiera sido negociar. Igual en el caso de los comerciantes y artesanos que querían participar en la Feria del Trigal. Que sea complicado no significa que no se deba hacer. Lo otro es patear skates, meter cabe, gritar abuelitas, zurrarse en las leyes, pagar funcionarios públicos, etc.

¿Sabían que el Perú es uno de los países de mayor desconfianza interna, es decir, entre peruanos? En efecto, se vuelve un círculo vicioso, difícil de romper. No convivimos porque no confiamos en el otro; no confiamos en el otro porque no sabemos convivir. Y sin confianza no hay capital social (Dascal, 2007).

Sí, claro, los emprendedores, el Perú avanza, pero estamos jalados en convivencia y capital social.

Tremendo reto el de Susana Villarán para la ciudad de Lima.

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