Mis lecturas de McLuhan son más bien tardías. No llegué a él de manera escolástica. Me acordaba de la clásica escena en Annie Hall. Pero no me había acercado a él hasta hace unos años. Sí, me interesaba todo este tema de la cibercultura, pero por alguna razón siempre postergaba sus libros.

Hasta que llegó primero al libro El medio es el masaje, un inventario de efectos(*). Y en ese libro la cita de abajo: “el circuito eléctrico, una prolongación del sistema nervioso central”.

mcluhan

Desde muy pequeño he estado vinculado a circuitos eléctricos. Mi padre es ingeniero electrónico y más o menos aprendí a leerlos desde siempre; entendía que estos circuitos eran algo más dibujitos sobre el papel y que, en efecto, simulaban al sistema nervioso central (que no es otra cosa que un circuito eléctrico altamente sofisticado).

Lo de McLuhan, escrito en los sesentas, planteaba que todo esto de la electronalidad no era otra cosa que una nueva cultura, pero también algo más. La cultura material era vista por McLuhan como extensiones de nosotros, de nuestros cuerpos, de nuestros sentidos.

“Los medios, al modificar el ambiente, suscitan en nosotros percepciones sensoriales de proporciones únicas. La prolongación de cualquier sentido modifica nuestra manera de pensar y actuar – nuestra manera de percibir el mundo.
Cuando
esas
proporciones
cambian,
los hombres cambian.

De esa manera McLuhan ponía el piso sobre lo que en los últimos años se ha ido llamando “ecosistemas” dentro de los medios de comunicación. No solamente ver los flujos de data que van y vienen de uno y otro lado de la pantalla, sino los modos de estar (en términos de Michel de Certeau), de habitar un mundo modificado contínuamente por estas nuevas tecnologías.

No es un tema de ciencia ficción. Lo que intentaba describir McLuhan era el estado de cuestión de la cultura de su tiempo. Algo estaba cambiando y no muchos sabían qué era. Eran las múltiples voces sonando al mismo tiempo, en todos los tiempos, fuera de tiempo, en novelas como Finnegans Wake de James Joyce. La apropiación de las nuevas tecnologías para McLuhan era algo más que el uso simple o mecánico de una herramienta. Algo más, inclusive, que el uso como práctica social (desde los nuevos estudios de literacidad, promovidos por investigadores como James Paul Gee).

Las resonancias de McLuhan llega a nuestros días y se le puede encontrar en autoras como Donna Haraway y su Manifiesto Cyborg (“prefiero ser un cyborg que una diosa”, concluye Haraway). En teóricos de la comunicación como Jesús Martín Barbero, quienes plantean hablar de mediaciones y no de medios. En fin, toda la idea de cibercultura podría resumirse en la fórmula reseñada anteriormente. Y, como también lo planteó Castells en distintos espacios, no hay escape para la cibercultura. La cibercultura es la cultura de la era de la información. Tiene que ver con la niña que juega con su muñeca en Nuevo Occoro. Con el adulto que contesta su celular en el mercado mayorista. Es la fotografía retocada digitalmente en cada cartel que vamos a observar desde la ventana de la combi. La cibercultura todo lo corrompe y lo transforma.

Y como si fuéramos no otra cosa que un gran panal de abejas interconectadas, recolectando data y creando conocimiento, las nuevas tecnologías se recomponen sobre sí mismas, generando esto que Pierre Levy ha llamado Inteligencia Colectiva. No solo el circuito integrado es una extensión de nuestro sistema nervioso central, sino que esos circuitos se conectan con el resto de circuitos en el mundo. Somos una gran nación Borg.

Todo eso se abre desde la obra de McLuhan. Una obra totalmente abierta, que deja en agenda múltiples programas de investigación a desarrollar.

(*) Masaje, mensaje. Massage, message. Juego de palabras para señalar que los medios (y no lo que se comunica) no solamente sin lo central de la comunicación, sino que nos tocan, nos abrazan, nos envuelven. El medio es el masaje.

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