Uno de los dilemas en el uso de las nuevas tecnologías en el aula es el saber qué hacer con los profesores. Si bien es cierto muchos de ellos se encuentran dispuestos a integrar el uso de computadoras e internet en la enseñanza, otros tantos se resisten a lo mismo. Eso ha sido explorado en parte en artículos anteriores (ver El aprendizaje social del copy and paste, parte tres y las anteriores). El proceso de expansión de las nuevas tecnologías ha venido acompañado de una crisis del paradigma industrial y se ha ido pasando de una lógica de producción centralizada de la información y el conocimiento a una descentralizada y distributiva.

Ese cambio se reproduce en varios niveles y por supuesto también en el aula. El profesor deja de ser el nodo intermediario entre “el conocimiento” y los alumnos y más bien va perdiendo centralidad paulatina. ¿Cómo enseñar qué a un grupo de alumnos que seguramente van a tener más acceso a información que el profesor? Se dirá contra este argumento que los profesores siempre van a saber más que el alumno. ¿Qué tan cierto es esto? ¿Qué significa saber más de qué? De hecho el profesor puede tener más habilidades y capacidades argumentativas, pero los argumentos tienen que ser refrendados con información.

Pongo como ejemplo una clase de historia prehispánica. Se le exige al profesor que esté al tanto de cuanto descubrimiento arqueológico se hiciera en el Perú. Pero, es altamente probable que no pueda estar en todas. Es probable que el alumno pueda encontrar más rápidamente todo sobre los últimos hallazgos en Caral antes que su profesor. La reacción a este problema, se dice, es capacitando al profesor para que pueda buscar mejor la información en internet a través de tal o cual buscador.

El problema está que el profesor (hablamos de los profesores mayores) no solamente va a tener que dedicarle tiempo a practicar con las nuevas tecnologías sino, además, a buscar información que complemente la enseñanza. En ese escenario la mayor de las veces saldrá perdiendo frente a alumnos que han adquirido esas habilidades de tanto ir a una cabina pública o al telecentro más cercano.

¿Y si volteamos el asunto?

Otra posibilidad es plantear el problema no en torno al uso de las nuevas tecnologías por parte de los profesores, ni obligarlos a que aprendan el uso o que ellos obliguen a los alumnos a no contar con el uso de las nuevas tecnologías en el aula. Más que un papel de mediador entre “el conocimiento” y los alumnos, el profesor puede servir de catalizador (o encausador, si se quiere) de una serie de procesos. Concebir el aula como un espacio abierto de participación y colaboración, una especie de azotea hacker o electrocooperativa.

Claro, esto es todo otro paradigma. Pero es justamente lo que se debe debatir: el poner al día el aula en un mundo donde ese modo de producción industrial y masivo viene quebrándose día a día.

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