“Mis melodías y números están aquí.
Han llenado mis años, los años en que rehusé morirme.
Y para eso mismo escribo, escribo, escribo, al mediodía o a las tres de la mañana.
Para no estar muerto”. Ray Bradbury, 1997

Nunca sentí a Ray Bradbury como un escritor de ciencia ficción. Más bien, por el contrario, lo sentía como planteaba Borges, como alguien más preocupado por el destino de la humanidad, por el sentido mismo de la humanidad arrojada hacia un futuro cercano y tangible.

Quite the Career
Foto por Max Velasco Knott. Algunos derechos reservados.

“El niño del sendero miró hacia arriba y lanzó un grito:
– ¡Mira, mamá, mira! ¡Una estrella fugaz!
La brillante estrella blanca recorrió el cielo polvoriento de Illinois.
– Desea algo -le dijo su madre-. Desea algo.”
Calidoscopio, Ray Bradbury

Qué es sino esa historia donde un astronauta aterriza en un extraño planeta buscando al mesías, perdiendo su encuentro la primera vez por días, la segunda por horas y la tercera por minutos. Qué clase de historia es “El picnic de un millón de años”, donde la humanidad se encuentra a sí misma en la historia del universo. O la historia donde un grupo de jóvenes compran el maravilloso traje de helado de crema.

¿Cómo clasificar tanta imaginación y tanta poesía?

No lo sé. El término ciencia ficción acaso quede corto para aquel que imaginó que un día cualquiera la humanidad entera soñó que esa sería su última noche. “¿Qué harías si supieras que ésta es la última noche del mundo”, le pregunta un hombre a su pareja. ¿Cerraremos las puertas de las casas? ¿Saldremos corriendo a la calle? ¿Qué pasa si además es un fin lógico, y es lo que tiene que ocurrir? Todo eso se imagina Bradbury. “Estoy cansada”, dijo ella. “Todos estamos cansados”, respondió él.

Buenas noches, Ray Bradbury. Gracias por los sueños. Descansa.

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