(Apuntes para el Coloquio Franco Andino de Filosofía: Redes y Filosofía)

Primero, el statement obligado. Vengo de la arqueología y luego pasé a la antropología. Vengo de una carrera obligada a tratar con cultura material, a observar el paso del tiempo y el desarrollo de las sociedades a partir de objetos, a reconstruir (en la cabeza, en el papel, etc.) formaciones sociales desde los restos que los hombres y mujeres nos dejaron.

Esta forma de entender el pasado (y el presente) no puede darse sin un análisis comparado. Vemos cómo las sociedades (de épocas similares, de épocas distintas, de latitudes lejanas) han resuelto su contradicción con su entorno natural y social; inferimos luego cómo pudo haber sido antes. Una vasija de cerámica nos dice mucho más que algo estético. Nos habla de conocimiento acumulado sobre el uso y selección de tal o cual materia prima, de las técnicas de modelado, del manejo del calor y construcción de hornos y finalmente del uso posible de esa vasija. Una vasija de cerámica expresa una tecnología particular; la sumatoria o el conjunto de tecnologías sería lo que autores como Marx llamarían el desarrollo de los medios de producción.

Cómo entonces enfocarnos en los usos y apropiaciones de la tecnología en el aula. Aclaremos aquí que cuando la mayoría de personas habla de tecnología se refiere exclusivamente a la tecnología electrónica o digital; nadie (o casi nadie) habla de tecnología cuando nos referimos a un libro, al papel y al lápiz. Esa cultura material y la tecnología que la sostiene son parte ya de nuestra herencia. Nadie discute, por ejemplo, que todo niño deba leer al menos un libro durante un año. Es más, al ser ya inherente a nuestra cultura (cualquiera sea la etiqueta que utilicemos, “occidental”, “filoeuropea”, etc.), lo consideramos una marca de pertenencia.

Sin embargo, hemos olvidado que nuestra relación con el libro no ha sido la misma durante todo ese período. “El principiante también debía leer en voz alta a fin de que el maestro pudiese asesorarlo”, se decía en la Alta Edad Media. Posteriormente apareció la lectura en silencio, como una forma de asegurar una mayor comprensión del texto. Sin embargo, como bien señala Chartier, aún hoy en día se evalúa al alumno a través de la lectura en voz alta. Se escribe para leer. La lectura en silencio escapa la mirada vigilante del profesor.

Tampoco es cierto que exista una única forma de leer/escribir. No solamente transcribimos lo que el profesor dicta, sino además, anotamos notas de pie de página en el libro (incluso los libros de la biblioteca), escribimos sobre los pupitres, sobre las paredes. En un sistema que premia la repetición, aparecen formas que buscan romper los cerrojos: plagios en borradores, pequeños papeles escondidos debajo de la silla, ejercicios mnemotécnicos. Michel de Certeau diría que estas son las “artes de hacer”; “leer es peregrinar en un sistema impuesto”, anotó. El plagio (lo que se considera “una mala educación”) al examen memorístico no solamente es su fatal consecuencia, sino además es su destino y superación dialéctica.

(Que no sea esto una alabanza al plagio del examen. Finalmente, el que lo ejecuta, mucho más que actuar como un heterodoxo, tiene que mostrarse todavía más rígido y apegado a las normas culturales que el resto de sus colegas o compañeros).

Y mientras venimos discutiendo (o, más bien, evitando sistemáticamente el debate) sobre el aula, ha aparecido una nueva tecnología en las manos (y mentes) de los alumnos. Pequeñas armas de lectoescritura masiva. Las artes de hacer han explosionado. No se trata de cuadernos o libros “pero de otra forma”. La tecnología es el mensaje, como diría McLuhan; los circuitos integrados, como extensiones de nuestras terminaciones nerviosas. Y todas conectadas a las terminaciones nerviosas del compañero de al lado y también a las terminaciones nerviosas del amigo o amiga que se encuentra a miles de kilómetros de distancia.

Estamos frente a una nueva forma cultural que responde a un desarrollo particular de los medios de producción. Es el paso de una sociedad centralizada a otra descentralizada y distribuida.


Esquema de Paul Baran (1964). El esquema muestra tres diferentes topologías y sus posibles efectos frente a un gran ataque enemigo. La estructura distribuida muestra mejor capacidad para sobrevivir. Vía Martín Dodge.

Sin embargo, frente a estas tácticas, el profesor se defiende en su estrategia inicial. Pide a los alumnos que nuevamente saquen el cuaderno y les pide que copien lo que va a dictar. Para el profesor nada ha cambiado en la mente de los alumnos, cuando ellos ya son otra clase de individuos. Se parecen mucho más a una colmena de abejas, recolectando y remezclando información incesantemente. Es el profesor que en su centro se ha visto rodeado por la periferia que le zumba con sus celulares, smartphones, laptops, netbooks, computadoras. No es nada casualidad que en muchos casos sean los mismos profesores los que le piden a los alumnos que no saquen sus equipos de las mochilas, o cuando estos son repartidos por el estado, que no los saquen de sus cajas.

Aquí podemos intuir dos tipos de desenlaces. Por un lado, que prevalezca el estado actual de las cosas, hasta el punto en el que los actores tengan que guardar las apariencias, dentro de un sistema que solamente funcionará para efectos formales. El otro final, es aquel donde se asuma que el aula debe responder a un modelo distinto, uno aquel que responda a las nuevas formas sociales de producción y consumo cultural; donde el conocimiento es recogido y remezclado por los alumnos/abejas a un panal sin reina, pero puesta a disposición de la colmena. El profesor se vuelve más bien alguien que pone retos a los alumnos para que estos lo resuelvan colectivamente.

Esta lógica, por supuesto, empata con lo que Pekka Himanen llamó ética hacker y que vendría a reemplazar la ética protestante; si la última encarnó el espíritu del Capitalismo Industrial, la primera representa al espíritu del Capitalismo de la Sociedad Red. Seguir apelando, desde el lugar del profesor, a un modelo de trabajo y una ética en el aula obsoletos, cuando desde la cotidianidad de “las artes de hacer” de los alumnos se viene realizando ese “hackeo” del conocimiento: compartir, apertura, descentralización y libre acceso a las herramientas.

Es convertir el aula en un centro de experimentación constante, es decir, en un laboratorio hacker.

Y así, lo que se considera “mala educación” dejará de tener sentido.

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