La noticia de la enfermedad de Javier Diez Canseco, como a muchos, nos ha puesto mal. Tristes. Desolados. Nunca he tenido el gusto de conocerlo. Me lo habré cruzado una o dos veces, en algún evento político, allá a inicios de la década pasada, en algún evento social también. Nunca he hablado con él.

Sí he votado todas las veces por él al Congreso, cada vez que postuló. Como me señalaba Fátima, siempre era Javier Diez Canseco y luego la disyuntiva de por quién marcar el segundo casillero.

Dicen que su enfermedad es bastante fuerte. Es posible que, aunque mejore, no vuelva a postular al Congreso para el siguiente período. Hay ya un fuerte aire a despedida en muchas personas.

Quiero contar una historia, una anécdota. No sé si sirva para generalizar y decir “así fue Javier Diez Canseco”.

No sé si lo pinte de autoritario, pero en fin. Creo que es más signo de una época. La Casa de Estudios SUR organizó una serie de eventos alrededor del tema de la heroicidad y en uno de esos eventos, en la Casona de San Marcos, hubo uno dedicado a la generación del 68. Diez Canseco era uno de los exponentes y otro era José Naveda, sociólogo de la PUCP. José, como varios de mi generación, puso en la mesa sus paltas, sus dudas, cómo le cuesta y cómo le ve costar a tantos de nuestra edad meterse en política, el tema también de los vacíos generacionales, el hecho de meterse a leer textos y pensar el país y lo complejo que es. Diez Canseco, un poco soberbio, dijo que a su generación tampoco se le enseñó nada, que con un par de libros ya estaban ya interpretando al Perú y lanzándose a la acción, que encuentra mucho de duda y lamento en esta generación (la mía) y que esta tenía que despabilarse (casi repitiendo la onceava tesis de Marx sobre Feuerbach, “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”). La respuesta de José Naveda fue “Mire, señor Diez Canseco, yo no sé como habrá sido en su época, pero aquí tomamos las cosas con más prudencia. A ninguno de nosotros no se nos va a ocurrir interpretar el Perú a partir de un par de libros”.

No quiero decir aquí quién tenía razón. Fácil los dos la tenían. Solamente que su ímpetu le podía jugar malas pasadas y ser interpretado como autoritarismo al no reconocer la verdad en el otro. Es posible que la actitud de Diez Canseco haya sido fruto de un mal día. Sin embargo, ese mismo ímpetu le lleva a luchar infatigablemente por los derechos humanos, por los pobres y por los violentados.

Espero de todo corazón que se mejore.