“Porque el olvido es una de las formas de la memoria, su vago sótano” Jorge Luis Borges

“Normalmente, en mi relación con el gobierno, he utilizado al ministro Jorge Camet” Vladimiro Montesinos

La política y la memoria se entrecruzan. La política, esto es, la voluntad de poder, busca también ser voluntad de saber, modelar nuestra forma de comunicarnos, de entender nuestro entorno. La memoria modela nuestro sentido común, nuestros prejuicios, nuestra forma de ubicarnos como actores en el campo social.

Cuando decimos, por ejemplo, que tal o cual personaje de la historia no hizo lo que decenas o cientos de testigos vieron hacer, no se trata de un acto ingenuo. Estamos convirtiendo al traidor en héroe, y quien sabe sino también estamos justificando ciertos actos al olvidar, arbitrariamente, otros. También podemos elevarlo como un mártir. Y además, si se trata de un hecho donde los testigos van muriendo, y las páginas se van amarillando con el tiempo, las nuevas generaciones podrían naturalizar ciertas acciones pasadas.

Esto a cuento de una serie de panegíricos sobre Camet, ministro de industria y economía (1992-1998) del gobierno del ahora encarcelado por corrupción, secuestro y homicidio, Alberto Fujimori. Mucho se dice que la actual bonanza económica, la actual configuración del sistema económico peruano, se le debe a él. Y posiblemente sea cierto.

Ahora, no es un asunto de derechas o izquierdas afirmar que tenemos un serio problema de institucionalidad. Gonzalo Zegarra escribía hace poco que de ningún modo podríamos hablar de éxito para nuestro “modelo peruano”. Aunque la institucionalidad ya se ha vuelto un lugar de sastre para todos nuestros problemas, hay que hacernos cargo del paquete. La excesiva atención que se le ha prestado a la dimensión económica de nuestra política nos ha hecho, en muchos casos, obviar el resto. Simplemente lo tiramos para adelante, para luego, como una pelota.

En ese sentido, frente a la decena de artículos aparecidos principalmente en los diarios vinculados al Grupo El Comercio (¿la pluralidad, dónde?), no hay forma de reconocer a Camet como una suerte de Miguel Grau en la política y la economía.

No solo porque hay decenas de investigaciones que muestran como Camet se habría aprovechado de su posición y beneficiando a su empresa, están también testimonios que indican cómo Camet era cajero del gobierno.

Ojo, no estamos hablando de una municipalidad, estamos hablando del gobierno más corrupto de la historia del país y uno de los más corruptos a nivel mundial.

Entonces, ¿qué tipo de reformas se pueden hacer? ¿con qué profundidad? ¿pueden ser estas sostenibles? ¿es posible echar a andar el país, mientras a tu costado se están robando la plata escandalosamente? ¿ese es el tipo de agradecimiento que se está convocando públicamente?

En el más benigno de los escenarios, en el que Camet simplemente miró a otro lado mientras robaban la plata del estado que él administraba, ¿valió la pena? Mejor es verlo desde la complejidad, desde lo trágico de apoyar un golpe de estado desde la CONFIEP y con la CONFIEP, luego comerse el pleito de ser ministro de industria, cuando había que pelearla por la institucionalidad, luego apostar por una reforma económica, cuando simultáneamente había que firmar cheques donde destruían todas las otras instituciones.

Más que una historia feliz, es la crónica de una muerte anunciada. La moraleja nunca puede ser una reforma económica bien vale tanta (y tanta) corrupción.