Sobre la incomodidad del ser (miembro de mesa)

Hay una idea bien extendida con esto de no ir a votar o que el voto debería ser voluntario. Y que eso de ser miembro de mesa o que te chapen para serlo (si es que la mesa de votación no ha sido armada), es para sonsos. No sé, pero es un poco la idea que solamente uno debe aportar a la sociedad si es que esta te da algo a cambio. ¿Para qué ser miembro de mesa, si el sistema político es una desgracia? La misma idea del para qué pago impuestos, si el estado no me da nada a mí. No una relación de ciudadano-sociedad, sino de cliente-empresa. Yo doy, si me dan a cambio. El estado no me da, yo no doy.

La hora de la verdad
Foto de Julio Santillán-Aldana. Algunos derechos reservados.

Por eso, uno llega, mira de lejos, ve si hay cola o no en la puerta del salón al que le toca votar. Observa con cautela si hay algún policía u oficial reclutando. Pregunta, como distraído si es la mesa (se inventa un número) y ve si están todos los miembros. Si todo está normal, el ciudadano respira tranquilo y entra. Caso contrario, busca la manera de retirarse y regresar más tarde.

Por supuesto, eso siempre y cuando no se tenga la actitud del “yo pago mi multa, total qué va a pasar y qué son 75 soles”.

No hay un acto de desprendimiento, no la “fiesta democrática” (cada vez una frase huachafa), sino una suerte de sacrificio humano prehispánico. Nadie o casi nadie se siente orgulloso de decir “mira, pago mis impuestos” o “mira, soy miembro de mesa”. Así, la persona que se rehúsa a ser conminada a ser miembro de mesa es convertida en héroe o heroína.

Todo al revés.

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