Nota: Este texto apareció originalmente en la revista Quehacer número 126, del mes de octubre del año 2000. A la luz del relanzamiento del Frente Amplio, la aparición de la Confluencia Progresista y del Frente Nacional Popular, me pareció adecuado rescatar este texto de Alberto Vergara. Agradezco a la gente de Desco por el trabajo de arqueología. Muchas cosas han cambiado y hay que leerlo también a la luz de los últimos días del gobierno de Alberto Fujimori.

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27 de julio del año 2000. Como miles de peruanos hastiados de la podredumbre moral de este régimen, estoy parado en el Paseo de la República. Hay banderolas de toda proveniencia y uno se encuentra con lo más disímil de nuestra realidad política; nos hermana el asco que provoca la forma en que se maneja nuestro país, nuestra plata. De pronto, como un violín desafinado en medio de un pulcro cuarteto de cuerdas, una mujer desde el estrado principal empuña el micrófono y nos dirige a todos los asistentes un saludo clasista y combativo, compañeros. Fue como si me hubiesen hablado en el castellano del Inca Garcilaso, un idioma de otro tiempo, una lengua muerta. Un violín desafinado.


Foto: El Comercio

Me temo que ese tipo de consigna refleja que alguna porción de nuestra inorgánica izquierda no ha madurado y sigue creyendo que las movilizaciones de hoy son la continuación de las de fines de los setenta, sin percatarse de los veintitantos años que han pasado desde entonces. No ha habido un aggiornamiento, y en la mayoría de casos no ha habido siquiera el intento.

Habermas, al poco tiempo de caído el muro, se dirigió a los socialistas europeos para decirles que no tenían razón alguna para sentirse mortificados por lo sucedido tras la cortina de hierro. La izquierda no comunista, dijo literalmente, no tiene razón ninguna para deprimirse. En el Perú, esta frase carece de sentido: el socialismo democrático del que habla Habermas en nuestro país, seamos sinceros, fue el APRA.

La izquierda peruana no tuvo ni grupo ni persona que la sacara del endogámico marxismo, algunos de sus grupos demoraron demasiado en hacer un deslinde con los «parientes pobres de Huamanga» (para usar la expresión de Iván Hinojosa) y otros dilataron más de la cuenta su interés por la democracia «formal burguesa». No olvidemos que se negaron a jurar la Constitución de 1979. Entonces, Habermas no se refería a este tipo de socialismo. Sin duda pensaba, para poner el ejemplo más conocido, en Felipe González quién en 1978, ante el XXVIII Plenario del creciente PSOE, puso como condición para ser su líder que el partido dejase de considerarse marxista.

Pero dejaré la reflexión sobre el pasado para quienes lo vivieron; pretendo hablar de la necesidad de una nueva izquierda. Me apuraré en decir que el país no sólo necesita una nueva izquierda, también hace falta un nuevo frente conservador, uno liberal y si acaso quedase algún proyecto social o demócrata cristiano también espero su reflote. Antes que necesitar de un grupo, la urgencia de nuestra democracia es que los peruanos sepamos por qué votamos en vez de por quién (ni siquiera esto llega a saberse con claridad). Es a partir de esta premisa que busco hablar de una nueva izquierda.

No me sumaré al cargamontón de la derecha poscomunista que ya no asigna papel alguno a la izquierda en la vida política. No podría. La izquierda tiene el imperativo de seguir existiendo y luchando por una razón muy simple: las desigualdades e injusticias que causaron su aparición siguen presentes. El último informe del Banco Mundial lo confirma: la brecha entre países pobres y ricos es, día a día, mayor. Y en nuestro país, los índices de pobreza son, grosso modo, los mismos que hace diez años.

Mas la nueva izquierda deberá mantener muchos de sus fines y replantear sus medios. En política lo relevante son los medios. Sólo la acción política incivilizada y anti-democrática cree que los fines son más importantes que la forma de llegar a ellos. Sólo las pretensiones totalitarias buscan ciertos fines sin escatimar las formas. De allí que Camus afirmara, en nombre de la vida, que en política son los medios los que justifican los fines. Tener en cuenta esto para la nueva izquierda significa dejar de tomar la política en términos de moralidad. Dejar de asumir que su fin es el único correcto; que, como dice mi amigo Eduardo Dargent, deje de creer que tiene el monopolio de la bondad. Éste es un acercamiento de impronta religiosa, no es laico como lo es la democracia. Si sólo la izquierda fuese buena (en el sentido más maniqueo), en algún momento la legalidad podría ser un impedimento para realizar el único fin correcto, que sería el de ella. La democracia no permite este tipo de acercamiento a la cosa pública.

La izquierda, al menos desde Marx, asumió mayoritariamente que luchaba por un mundo perfecto, el utópico (aún cuando Marx debe revolverse en su tumba cuando escucha que sus ideas, científicamente diseñadas para desterrar al socialismo utópico, son precisamente tildadas de utópicas). Su defensa del comunismo se hacía apasionada porque era la apología del paraíso en la tierra, donde campearía el hombre total. La democracia moderna (el calificativo es lo de menos: liberal, representativa, deliberativa o lo que fuera) nunca se ha concebido como algo perfecto.

Por el contrario, se presenta siempre como perfectible. Alejada de anhelos heroicos, la democracia se sabe incompleta y es consciente de que el camino utópico sólo es el atajo por el que los hombres terminan siendo prisioneros de unas ideas que rápidamente dejan de serlo para convertirse en campos de concentración o cárceles-nación. Entonces, el cambio de actitud será un imperativo. Trocar la defensa del mundo idílico por la de uno perfectible; he allí, tal vez, la mayor exigencia de la izquierda de los próximos años.

La futura izquierda debe asumir su nueva existencia democrática como un fin en sí mismo. Si sólo entra al juego democrático mientras espera alguna nueva utopía colectiva por la cual luchar, no habrá bastado el siglo XX con sus millones de muertes a causa de las ideologías para cansarnos de ellas. Aspiro a que la nueva izquierda retome la rebeldía incendiaria del siglo XIX y abandone para siempre el rostro de carcelero que le conocimos en el siglo que ya se fue. Y, a la par de esto, espero que le dé menos importancia al Estado que a la solidaridad y la justicia.

La nueva izquierda tiene una misión esencial que cumplir: debe recordarle a nuestros libre-cambistas acérrimos que la libertad económica absoluta, sin un mínimo de igualdad para todos, no es liberalismo, es ventajismo de unos cuantos. Ya que he pisado el difícil terreno económico, agregaré que la nueva izquierda deberá aprender que para superar nuestro atraso y pobreza es más importante ver cómo generamos riqueza que cómo el Estado redistribuye la poca que tenemos. Que la economía de mercado no es el rostro de Lucifer y que aceptarlo no es hacer el negocio de Fausto. Deberá, asimismo, trabajar para que el Estado ofrezca mejores servicios y defienda los intereses de los más pobres. Todavía la bandera de la educación gratuita y la salud para todos es una reivindicación a redactar en mayúsculas. Quién mejor que la nueva izquierda para recordárnoslo.

Otro objetivo de la nueva izquierda será enfrentarse a su coetánea: la nueva derecha conservadora y hasta religiosa. Y en Europa, la nacionalista. La nueva izquierda tiene que ser claramente democrática para gozar de legitimidad frente a esta derecha extrema. Habrá que combatir el pensamiento retrógrado con tolerancia y libertad. Esto implica que la nueva izquierda asuma, por ejemplo, que lo que hay en Cuba es una dictadura feroz. No aspiro a que se sumen al dueto Helms-Burton (¿podría alguien sumarse a él?), pero espero que si creen que lo que hemos tenido en nuestro país en los últimos diez años es una dictadura, no les tiemble la voz para señalar con igual energía lo que hay en la isla. Mientras un torturado o preso político en Cuba no genere tanta indignación como uno de cualquier otro régimen, nuestra izquierda estará cruda para la democracia. Deberá aprender, entonces, la sentencia de Octavio Paz: que las dictaduras, rojas o blancas, son todas negras.

Si algo nos ha indignado a todos de este gobierno es que en cuanto foro internacional había sobre democracia, los esbirros del régimen, en nombre del relativismo cultural, afirmaban que la democracia no era una sola y que se debía aceptar que nosotros teníamos una democracia a la peruana. Mal hará la nueva izquierda si, siguiendo este tipo de argumentación, se esfuerza por encontrar adjetivos y relativismos a la «democracia» cubana. Dictadura, señores.

En nuestro país el espacio público está convaleciente. La gente no tiene foros dónde insertarse en la vida comunitaria ni opción de participar de la vida política del país. En suma, de ejercer su ciudadanía. Las sociedades necesitan que sus ciudadanos pertenezcan a agrupaciones políticas, sindicales, deportivas o de cualquier índole. Necesitan que hombres y mujeres adquieran responsabilidades frente a otros, rindan cuentas de sus actos para desarrollar la solidaridad y la convivencia responsable. Esta necesidad podría ser recogida por la nueva izquierda. El liberalismo, angustiado en su defensa del individuo frente a cualquier poder al acecho -en especial el del Estado-, abocado a resguardar el espacio privado de los individuos, ha olvidado (o dejado en agenda) esta preocupación. La nueva izquierda debería empezar a trabajar en esto, la reconstrucción de nuestro maltrecho tejido social, no para debilitar el contenido esencial de los derechos individuales, sino para fortalecerlo y complementarlo.

Al mundo de la academia le toca otro tanto en la tarea de renovación. Desarrollar la capacidad de discrepancia, abrirle los brazos a la crítica, a la refutación. No sólo son intelectuales los de izquierdas, deberá aprender la nueva rive gauche, Aunque tal vez en este punto, el ghetto y la cerrazón vueltos estilo sean difíciles de extirpar de la vieja guardia. «A Basadre lo exaltaron como historiador y lo ningunearon como pensador, no era marxista» ha dicho Hugo Neira, y resulta difícil que alguien levante la mano para desmentirlo. Si América Latina en su formación intelectual no había desarrollado un pensamiento crítico e ilustrado (tema que obsesionó a Octavio Paz), el marxismo académico sólo continuó la tradición.

Es posible que mi defensa de esta nueva izquierda no encienda pasiones. Luego de presentar estos rasgos, nadie estará dispuesto a dar la vida por la nueva izquierda, ni siquiera a dejarse crecer las barbas por ella, pero es la única que se adapta a la democracia como régimen de tolerancia y libertades. Tal vez a mis veinticinco años debiera ser realista y pedir lo imposible o desear las hoy pálidas utopías. No las deseo; quiero mucha libertad negativa, solidaridad y justicia mundana. Antes que nada, como en la canción de Serrat, soy partidario de vivir. Deseo esta nueva izquierda comprometida en cuerpo y alma con la democracia y los derechos fundamentales. Que ya nadie tenga como modelo al hombre que, contento y desnudo, mata a canallas sólo por creer que tiene el cañón del futuro, como sentenciaba una famosa canción.

Aspiro a un talante socialista, como gusta citar Alfredo Barnechea de la autodescripción de Felipe González. Aspiro a una izquierda que transforme esa madera de justicia, anhelo de igualdad y solidaridad que siempre tuvo, en una obra tallada en tolerancia.