Este es un tema recurrente. En varios espacios me ha tocado encontrarme con algún docente que viene y me dice “Mire, tengo este problema, no sé por qué mis alumnos plagian”. Generalmente, los mismos docentes se auto-responden y dicen “el problemas son las tecnologías de información y comunicación, ahora es tan fácil plagiar y hacer copy and paste”. Y yo intento retrucar y decir que no es así, y qué tal si nos ponemos mejor a observar las prácticas sociales que hay detrás del copipasteo y cómo así se naturaliza. Aquí voy a poner un acercamiento cultural al problema, alejándonos por un rato de una mirada moral, de si es bueno o malo copipastear o plagiar.

Por que plagian los alumnos

I

Hace unos años, realicé unos talleres sobre el uso de internet con adolescentes de tres colegios de Independencia, uno de los distritos jóvenes de Lima. Fue, para mi, una muy buena oportunidad para observar y dialogar con chicos de catorce años, aproximadamente, sobre los usos de internet, sobre sus expectativas en la tecnología, sobre la forma de socializar frente a un monitor.

Para empezar, eran colegios estatales y bastante pobres. Uno de ellos tiene un muro que está a punto de colapsar, junto al patio de recreo. Los chicos entrenan básquet en aros que están a punto de caerse. Pero, dentro de todo, los profesores hacían lo que pueden sino más.

La primera clase consistió en una introducción al tema de crear un perfil en internet, qué significa, conversar con los chicos y chicas por qué alguien quisiera tener otro nombre y otra foto en su perfil de Facebook (“el feis”), de Hi5 (“el jai”, cuando aún se utilizaba) o del Messenger (el antiguo servicio de mensajería instantánea de Microsoft, antes que lo reemplaza por el Skype). Las respuestas podían parecer obvias (“porque quiere que no lo reconozcan”, “porque su nombre no le gusta y quiere ponerse uno bonito”, etc.), pero luego se armó un pequeño debate, donde varios contaban sus experiencias y temores por quien pudiera aparecer al otro lado del monitor.

Luego de la exposición, los adolescentes armaron su perfil, respondiendo algunas preguntas básicas. Cuando se enteraron que el perfil iba a ser escuchado por todos los del salón, varios se animaron a modificarlo. En efecto, algunas cosas es mejor que solo quede en el ámbito privado. Terminamos y el material sobre el que se armó la exposición es entregado y repartido. Eso porque mucho más que tomar nota, quería que conversemos y discutamos. Creo que lo logré y varios participaron opinando o contando experiencias. El uso del Prezi (distinto y mucho más dinámico que los programas más clásicos de diapositivas) además los mantuvo atentos a la voz y a las imágenes que contextualizaban la exposición.

Al final, ya cuando voy guardando los plumones de la pizarra, un chico se me acercó y muy preocupado me pregunta “Profesor Morsa, ¿va a haber teoría en el curso? Es para saber si la próxima clase usted va a dictar y nosotros apuntar”. Yo, muy confiado, le dije que la primera parte de la exposición había sido la parte teórica. “Es que generalmente la teoría es con dictado, profesor”, me respondió.

Allí caí en cuenta en las dinámicas que hasta ahora se mantienen en los colegios. Teoría, para los alumnos, es que el profesor dicte y ellos transcriban literalmente todo lo que escuchan. Teoría no es un proceso de discusión de conceptos, que puede darse de manera colaborativa, recogiendo las opiniones de cada uno y contrastándolas con lo empírico. La práctica teórica en un colegio nacional es repetir lo que el otro autorizado (el profesor pero también una página web) dice.

No es casualidad luego que cuando salten a otro nivel educativo (un instituto o la universidad, por ejemplo), no sepan argumentar. O que en las monografías toda la parte teórica sea un copy and paste de alguna página web. Es básicamente lo mismo que hicieron en los pupitres frente al profesor. E internet ofrece una serie de recursos aparentemente autorizados allí para que los alumnos saquen lo que necesitan. No hay dilema moral alguno.

II

La semana siguiente, en otro de los colegios donde estábamos realizando los talleres, mientras preparábamos los materiales para la exposición y terminábamos los detalles de la actividad colectiva que íbamos a hacer (usando para ello la herramienta colaborativa Pirate Pad), algunos de los alumnos estaban terminando su tarea del día. Una tarea encargada por una profesora. Esta consistía en “buscar” información sobre un artista, copiarla en un archivo de Microsoft Word y copiar y pegar varias letras de canciones. El “trabajo”, la parte supuestamente compleja y que debiera representar un reto, para el alumno era ponerle un formato divertido y juguetón a la hoja de Word (una imagen de fondo, un título con WordArt). Listo, tarea terminada.

Las computadoras y el acceso a internet terminan reducidos a eso, a buscar información en Google, no discriminar por qué un enlace aparece antes que otro (es decir, cómo funciona Google), entrar al sitio web que aparece en primer lugar, copiar y pegar en un Word. Lo “creativo” , lo retador, estaría en el formato, en el uso de colores, en el fondo de la página.

Luego, comenzamos a trabajar en nuestro taller. El objetivo del día era responder una serie de preguntas (todas ellas sobre la realidad de su barrio), analizarlas, armar una idea central, armar una lista de keywords o palabras clave y luego leerlas en clase. A la vergüenza inicial (el salir a hablar al frente, a exponer las ideas frente al resto, a contrastar las dudas personales con las de los compañeros), luego siguió una divertida discusión. Usamos Wordle (una herramienta para analizar qué palabras son las más usadas en un texto) para resaltar las keywords de cada texto. Pudieron ver allí qué habían hecho, compararon las ideas centrales de sus textos con lo que Wordle “pensaba” que eran las ideas centrales. Se sintieron desconcertados porque nadie les pregunta sobre lo que ellos saben y ven a diario. Lo cotidiano termina al momento de entrar al aula.

Pocos profesores piden a los alumnos que sean creativos. La “independencia del Perú” termina siendo una página más entre otras y los datos que allí aparecen son unos más entre otros muchos; luego un juego de muñeca entre el control C y el control V. No hay mezcla, remezcla, transformación, creación, sino más bien un mecánico copy and paste. Van asimilado que sus ideas, sus creaciones, sus hipótesis, no valen la pena frente a la autoridad externa. Se mata la creación y se suplanta por el simple copipasteo.

Así, años después, llegan a la educación superior repitiendo lo que era normal en la escuela.

Por otro lado, son niños y niñas que están acostumbrados a manejar una gran cantidad y calidades de datos e información, mucho mayor a lo que sus profesores les van a enseñar jamás. El profesor sigue pensando que él es el filtro del conocimiento y no quien más bien debe trabajar con los escolares la práctica de crear, producir y alimentar de conocimiento; de fomentar el amor por el aprendizaje constante y por el descubrimiento. Mi breve experiencia me mostró que el aprendizaje de las TIC funciona mucho más allí cuando se presenta un tipo de reto o un proyecto común: las TIC dejan de ser un fin en sí mismas, y más bien se vuelven lo que McLuhan deseaban, una extensión misma de nuestros sentidos. Kentaro Toyama, en esa misma línea, planteó que las TIC están para amplificar nuestras capacidades. Vale la pena preguntarse, entonces, qué clase de extensión o de capacidades amplificadas, es la que estamos creando en las aulas cuando tenemos alumnos que su relación con la información y la producción es básicamente Copy and Paste.

III

Mientras realizaba estos talleres con adolescentes, también dictaba un curso sobre realidad social en un instituto superior técnico. Era la primera vez que lo hacía y más o menos organicé los temas y el aula en torno a temas y preguntas para motivar el debate. Mi interés era que los alumnos (todos ellos con edades que iban desde los 20 hasta los 30 años) terminaran el curso con criterios básicos para entender temas de coyuntura, con algo de perspectiva histórica y comparada. Así, entre otros temas, como obligados salió la discusión sobre la minería en el Perú, y si era más importante la necesidad de construir puentes de confianza entre las instituciones y la ciudadanía y si eso era posible sin restituir el principio de autoridad. Mi idea era que ellos formularan las respuestas en base a casos comparados. También ver que las decisiones del estado nunca son fáciles porque siempre se maneja con presupuestos y tiempos ajustados.

Divago un poco sobre el curso para entrar al tema del aprendizaje social del copy and paste. Parte de mi idea era terminar el curso con una monografía, sobre un tema libre que ellos elegirían; me entregarían primero el planteamiento del problema, luego, semanas después, las fichas bibliográficas y finalmente un trabajo que sería expuesto en clase. Aparentemente, todo bien, nada complicado y totalmente realizable. Además, tratando de darle severidad a mi voz, les dije que el plagio iba a ser duramente castigado con un cero en la nota final. Se los dije todas las clases, para que quedara claro. Les pregunté si estaban de acuerdo, y todos y todas dijeron que sí. Había consenso y las reglas estaban en la mesa.

Llegó el último día de clases. Todos los grupos me entregaron sus trabajos. Todos expusieron y creo que, sigo pensándolo, todos expusieron bien. Solventes. Muy pocos alumnos usaron sus fichas para saber qué exponían y pocos hacían ese ejercicio de ir mirando el texto que iba a apareciendo en las diapositivas.

Todo cambió al momento de revisar los trabajos grupales. Uno me llamó harto la atención, porque no solamente tenía esa huella del delito del copy and paste (el uso de distintos tipos de letra en un mismo documento), sino que incorporaba como anexo un estudio estadístico sobre el tema en cuestión en un distrito limeño. Indicios razonables como para ir al Google, escribir párrafos de la monografía, alistar el lapicero rojo y comenzar a escribir “plagio” sobre cada página, indicando la web y la URL del texto original.

Obviamente, el grupo obtuvo un cero por la monografía.

Sin embargo, lo interesante vino después. El grupo comenzó a enviarme correos electrónicos quejándose por la nota. Aceptaban el plagio (no todos) pero casi todos los afectados reclamaban algo que inicialmente me pareció bastante sinvergüenza:

“Profesor, pero usted dijo que la exposición estuvo buena, y además, cumplimos con el objetivo del curso que era reflexionar sobre temas de realidad nacional”.

Para mi no había nada que discutir. El cero ya estaba en el sistema de notas del centro, informé a las autoridades competentes y apagué la computadora.

Ahora, bien, el grupo de alumnos tenía un punto válido. Sí, el objetivo del curso era aprender sobre realidad nacional, desarrollar competencias y capacidades para opinar sobre temas de realidad nacional y argumentar posiciones. Todo eso hizo el grupo en cuestión el día de la exposición. ¿Acaso los alumnos tenían razón en su queja?

El trabajo monográfico es un clásico de la educación, sea escolar o superior. Ha sido por excelencia el modo para evaluar el desarrollo de capacidades en los alumnos. Les pedimos a nuestros alumnos una monografía sobre la independencia del Perú, sobre Machu Picchu o sobre los conflictos mineros. Antes de internet, iban a la biblioteca (de existir en la casa, el colegio o en el instituto), buscaban una enciclopedia, y tomaban nota apresurada de todo lo que podían. Luego el alumno (o mejor dicho, el padre o la madre de familia) salía raudamente a la librería a comprar la lámina Navarrete para ilustrar la monografía. El profesor veía el trabajo, veía que estuvieran los elementos básicos del tema y ponía la nota.

Claro, a veces un profesor era un poquito más preocupado, y para saber si el alumno había aprendido tomaba examen y preguntaba:

“Señale cinco características de Machu Picchu”.

Y el alumno respondía competentemente. Todos felices, el profesor, el alumno, el colegio, el sistema educativo. No importaba si el alumno había comprendido qué significó el sitio de Machu Picchu en la sociedad imperial cusqueña del siglo quince.

Con la expansión de internet, el escenario no ha cambiado mucho. El profesor sigue dejando monografías del mismo modo que antes (asumiendo además que la educación pasada era mejor que la actual, lo cual es bastante discutible). El alumno realiza ahora la misma operación (el rápido movimiento de dedos CTRL+C CTRL+V, al que nos referimos antes). El sistema sigue evaluando del mismo modo (“cinco características de cualquier tema X”). ¿Por qué se da el plagio, entonces? ¿Por qué el alumno vería como “malo” el plagio, si está respondiendo a los objetivos que el sistema educativo le plantea? ¿El plagio es un problema de internet y de las TIC, o solamente es que se ha hecho más evidente ahora?

Aquí intentaremos poner al revés el problema. ¿Y si más bien el problema es del profesor y del sistema educativo? Visto así, el dilema del plagio tal vez pueda tener como punto de partida el propio objetivo del curso y del sistema de evaluación. ¿Cómo así podemos tener como objetivo la formación de pensamiento crítico, si al final nuestra evaluación (el examen de ingreso a la universidad, de grado, etc.) va a ser un examen tipo “cinco características de…”?

Puesto de cabeza el asunto, el plagio más que una causa, podríamos tomarlo como un síntoma o una consecuencia de un problema que escapa al alumno o al plagiario; no basta con plantear reglas tipo “aquí se sanciona el plagio”, sino, sobre todo, replantear la misma forma de enseñar y evaluar en el aula. Claro, eso cuesta en el sentido que significa más trabajo para el docente y mucha más creatividad.

Nota: Una versión no editada fue publicada antes en este mismo blog, en tres partes. He corregido algunos elementos de estilo y lo he publicado como un solo texto.