Hace más de quince años que terminé la Universidad. A mi me tocó estar en San Marcos del año 95 al 99. Apenas ingresé vi cómo esta fue tomada por asalto por el fujimorismo y su pandilla. Cinco años en los que hubo persecución, amedrantamiento, hostigamiento, acoso, amenazas, expulsiones, impunidad y corrupción. Hubo momentos buenos y profesores que recuerdo con cariño, pero la verdad no recuerdo esos años de modo muy feliz.

Aniversario de San Marcos

Es cierto que hay una especie de cultura del recurseo por parte de varios alumnos en San Marcos. Las bibliotecas no eran las mejores por lo que uno tenía que ir a buscar un libro o una revista a algún otro lugar (en mi caso, varios en arqueología nos volvimos frecuentes de la biblioteca del Instituto Francés de Estudios Andinos). Allí donde la universidad debía dar facilidades para el estudio y la investigación, ponía cabe, piedras, escollos. Sobrevivir en un campo así hace que uno termine desarrollando otras capacidades y competencias, totalmente extracurriculares. Cuando no también la solidaridad y la organización. No había otra.

Con la caída del fujimorismo en el poder, cayó también la gavilla que gobernaba arbitrariamente la universidad. Esta se fue y dejó paso a una transición, muy similar a la de Paniagua: un breve momento de aire fresco. Discusiones sobre los cambios curriculares, sobre cómo debería ser la universidad, sobre la mejora de los servicios, etc.

Pero duró poco. Hubo un pequeño momento de orden y de búsqueda de una mejora real de la universidad. Pero los agentes que perdieron el poder el 2000 regresaron con fuerza, detrás de unos rectores que buscaban quién sabe si fama y fortuna. Regresó la misma gente que estuvo en la universidad con el fujimorismo.

Hoy hay una oportunidad. Nadie sabe si durará. A veces me pongo cínico y pienso que debemos buscar el botón de reset, que deber estar escondido debajo de algún adobito en la Huaca San Marcos. Que deberíamos pensar en refundar San Marcos desde cero, aceptar que no hay solución tal como están las cosas y decir “bueno muchachos, ahora lo haremos mejor”.

En mi balance, no hay mucho de lo que me sienta orgulloso. Pero la universidad no se trata de números o de cifras solamente. Se trata de la gente. La gente que uno quiere y recuerda con mucho cariño.

Como diría Sleater-Kinney, no queremos a la universidad, queremos a su gente.