Los profetas de las combis

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Trasládate al año 1986, donde se intentaba evitar que el transporte público se vuelva un desmadre. Y, claro, los por entonces jóvenes libertarios dicen:

“es indignante que el municipio diga ‘acelera, frena, recoge, no recojas, habla así, calla, pórtate de este modo, baja el volumen de la radio, lávate las manos, etc.”


Haz click sobre la imagen para ver más grande. Diario Expreso 15/01/1986

Claro, qué terrible eso de regular. Cuando pienses en los ideólogos de las combis de la muerte, recuerda este texto.

También puedes leer “La libertad de ruta”, también de Federico Salazar. “La municipalidad le dice al dueño de un microbús cómo organizarse”. ¡El horror!

La hipocresía católica

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Los amigos que organizan la marcha por la vida crean cuentas falsas en Twitter para difamar a los que estamos a favor del aborto. Me acusan de recibir plata para decir que estoy a favor del aborto.

Qué bacán es ser católico, cuando puedes mentir y saber que todo se arregla con ir a la misa el domingo y confesarte y rezar algunas aves marías y padre nuestros.

- Oye, pero no todos los católicos somos iguales, no generalices. Me dice un amigo.

A ver.

Repito, qué fácil es pertenecer a una colectividad donde se puede tirar una piedra y sabes que vas a ser perdonado. La iglesia católica lo ha venido haciendo desde hace siglos. Pero es como la carga que uno debe tener al momento de pertenecer a dicha colecitividad.

Cuando la IC dice que está contra el aborto, que no quiere que se despenalice, que no quiere abiertamente que se usen anticonceptivos, que hasta hace poco lanzó discursos contra su uso en áfrica como forma de combatir el sida y las enfermedades de transmisión sexual, que mantiene un discurso oficial contra los ciudadanos LGTBI, que impide cualquier investigación como IC de los casos de pedofilia, y no solamente eso, sino además los encubrió sistemáticamente, ¿cómo se hace para seguir siendo de dicha colectividad? No sé, no lo entiendo. Sinceramente, no lo entiendo.

Ahora, como en todo, separo la fe particular de cada uno y cómo lo vive, con la adscripción a dicha colectividad, con todo lo citado (y que corresponde a su historia más reciente para no hablar de su historia de mediano alcance).

Sobre el Frente Amplio y Venezuela

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No es mi ánimo decir si el análisis del Frente Amplio sobre la situación venezolana es cierto, equivocado o falso. Solo quiero expresar algunas ideas, posiblemente equivocadas quién sabe, sobre la confusión entre partido y frente.

Un partido es una cohesión ideológica. Puede representar o querer representar a un interés colectivo determinado (por ejemplo, querer representar un interés de una clase social o de una fracción de clase). Como tal, tiene una visión, un norte como voluntad de poder, como aspiración de poder. Y ese norte marca además cómo se ve un país, el mundo, las relaciones sociales en general, cómo son y cómo deberían ser. Un frente, por otro lado, es una alianza que tiene un origen pragmático. Presupone que los distintos partidos que lo componen tienen ideologías distintas, pueden representar o querer representar inclusive intereses distintos, pero en el corto plazo encuentran agendas comunes (la lucha contra una dictadura, por ejemplo).

Así, podrías tener en un mismo frente un partido que simpatice con el chavismo con otro que no simpatice para nada con el mismo, pero bueno, tendrán algunos puntos comunes para el corto y mediano plazo.

De ese modo, el ¿comunicado? del FA, bastante ideológico, lo leo más como un comunicado de partido y no uno de un frente. No todos los del FA, entiendo, tienen porque tener una sola lectura de los hechos de venezuela. Se entiende, entonces, que Fuerza Social (el partido liderado por Susana Villarán) esté molestísimo. Y así otros militantes de agrupaciones que creen que el problema venezolano es algo más que una conspiración y que hay responsabilidad del actual presidente Maduro sobre lo que ocurre en su país (como lo vienen planteando inclusive varios izquierdistas que apoyaron hasta hace poco a Hugo Chávez).

Podría ser entonces dos cosas: una, que sea un comunicado apócrifo, de un sector del FA que se adelantó, o, la menos inocente, alguien del FA quiere hacer una limpieza ideológica, trazar una línea en el suelo, aquí los puros, allá los blandos, los tibios.

Con lo escrito, por supuesto que cada partido dentro del FA tiene todo el derecho a plantear su posición y lectura propia. El problema de hacerlo como frente (que además está en construcción) es que presupone de por sí que todos los que lo componen están de acuerdo con esa visión ideológica. Así estando las cosas, no sé quienes quieran sumarse luego.

Concentración de medios y libertad

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Hoy, como bloguero invitado, Juan Luis Dammert B.

En su Breve historia del Neoliberalismo (Oxford, 2005), David Harvey muestra los orígenes del proyecto neoliberal y el uso que este hace del concepto de la libertad. El neoliberalismo, en la visión de Harvey, es entre otras cosas un proyecto de restauración de poder económico en favor de una élite pequeña. Pero ya que es difícil lograr que un proyecto así sea popular, este se presenta como un programa más amplio de promover libertades individuales. Así, la represión en Chile y Argentina en los años setenta, las privatizaciones a precio de remate de bienes públicos, los rescates financieros del FMI, la cada vez mayor concentración de la riqueza en pocas manos a nivel mundial, la invasión de Irak, etc., fueron todos promovidos y defendidos en nombre de la libertad.


Imagen: Carlin (Carlos Tovar). Fuente: La República

En su libro La Gran Transformación (Nueva York, 1944 – no confundir con el plan de gobierno de Gana Perú), Karl Polanyi argumenta que en sociedades complejas el significado de la libertad se vuelve tan contradictorio como persuasivo. Pero nota que hay dos tipos de libertades, uno bueno y otro malo. Las libertades “malas”: la libertad para explotar a sus semejantes, la libertad para tener ganancias exorbitantes sin prestar servicios a la comunidad, la libertad de limitar el uso de inventos tecnológicos para el uso público, o la libertad de lucrar con calamidades sociales tramadas por precisamente aquellos que lucran con ellas. En economías de libre mercado pueden coexistir estas “libertades malas” con otras “buenas”: libertad de pensamiento, de expresión, de reunión, de elegir el propio trabajo, etc. De acuerdo con Polanyi, la regulación y el control podrían estar al servicio de promover las libertades “buenas” (a favor de las mayorías) y de limitar las “malas” (libertades para unos pocos), evitando así que el concepto degenere en una defensa cerrada de la libertad de empresa.

Es muy difícil, por no decir imposible, estar en contra de la libertad, o de la libertad de expresión. El problema está en qué cosa entendemos por libertad y para qué fines se utiliza el término. En este sentido, la forma en que se ha usado, implícita y explícitamente, la noción de libertad en el debate sobre la concentración de medios en el Perú es sumamente ilustrativa. El grupo El Comercio se ha esforzado en plantear el debate en términos de la “libertad de expresión” versus el control estatal. Recordemos algunos de los titulares recientes del Decano de la prensa: “Humala lanza velada amenaza contra la libertad de expresión”, “Humala pide que Congreso intervenga en medios de prensa”, “Humala va en el camino del velasquismo, del montesinismo y del chavismo, asegura Alan García”, “Ministro ya sugiere maneras de restringir propiedad de medios”, “Propuesta de Humala “busca coaccionar” medios no afines al Gobierno (Así lo aseguro Carlos Bruce)”, etc. No tengo interés en analizar aquí los recursos ideológicos y falacias evidentes en la mayor parte de estos titulares, sino tan solo anotar cómo se intenta empaquetar (otra vez) la discusión como una disputa entre la libertad y el estatismo. Y este claramente no es el caso. Esta es, más bien, una disputa entre pluralidad y acaparamiento.

Felizmente, fuera del 80% y sus socios políticos, existen muchos matices, incluso dentro de la tradición liberal. En la demanda de amparo presentada por ocho periodistas (entre ellos Rosa María Palacios, Mirko Lauer y Augusto Álvarez Rodrich) se señalan una serie de puntos importantes. Por ejemplo, se recuerda que el Tribunal Constitucional reconoce que hay una inevitable dimensión colectiva en la libertad de expresión. Los firmantes argumentan que los ciudadanos forman su opinión en base a la disponibilidad de información, por lo cual la pluralidad de ideas resulta indispensable para la vigencia del sistema democrático. Señalan que se ha producido un conflicto entre derechos fundamentales ya que las libertades de información y expresión deben entenderse como límites a la libertad de empresa y la libertad contractual: la libertad de empresa y contratación no son absolutas. Finalmente, muestran, con datos, que el Perú ha batido todos los récords de concentración de medios en el mundo, siendo el país más concentrado. Esta no es, pues, una discusión entre libre mercado e intervencionismo, sino una entre pluralidad y acaparamiento. ¿Alguien dirá que Augusto Álvarez o Rosa María Palacios se oponen al libre mercado?

Todos los propietarios de medios, con diferentes grados de pluralidad y objetividad, utilizan sus medios para promover sus visiones políticas, eso es inevitable. Pero el problema central no son las pésimas prácticas periodísticas de El Comercio ni su línea política conservadora y neoliberal que, por último, son discutibles y sujetas a preferencias personales. El problema es el acaparamiento. El objetivo de quienes criticamos esta situación no es que el 80% lo ocupe La República, La Primera o el Estado, por poner ejemplos, sino asegurar la pluralidad. O si se quiere, garantizar lo que señala la Constitución en su artículo 61, que es bastante claro: “en general, las empresas, los bienes y servicios relacionados con la libertad de expresión y de comunicación, no pueden ser objeto de exclusividad, monopolio ni acaparamiento, directa ni indirectamente, por parte del Estado ni de particulares”.

Las definiciones y usos que se le dan al término “libertad”, o más específicamente “libertad de expresión”, están en disputa. El hecho de que 80% de la prensa escrita interprete el significado de la libertad en una forma tan peculiar no significa que su interpretación sea cierta, natural, ni la única. En buena cuenta el debate sobre la concentración de medios es una discusión sobre qué entendemos los peruanos por libertad y qué esperamos de la libertad de expresión. El Comercio no quiere que el tema siquiera se discuta: quiere evitar que sea admitido para revisión por el Poder Judicial a través de una leguleyada, critica que el Presidente se pronuncie, está en desacuerdo con que congresistas presenten proyectos de ley, etc. Pero el público tiene derecho a estar informado y tiene además la libertad de exigir que el tema se discuta, en todos los niveles posibles, y que el resultado del debate no sea, para variar, un saludo a la bandera. (Juan Luis Dammert Bello, 4 de enero del 2014)